11.13.2013

Soy emigrante y siento puta vergüenza.

Soy español, tengo 37 años. Soy emigrante en Uruguay y lo tengo que decir: me avergüenzo de mi país y de su gobierno.

Hace siete meses que vivo en Montevideo. A diferencia de otras ocasiones en las que he salido fuera, no lo he hecho con una beca, un contrato de prácticas o un trabajo con la cooperación. Esta vez he emigrado con mi compañera, hartos de la falta de perspectivas, de la depresión colectiva, del constante desgaste que supone intentar moverse en una ciudad pequeña. Nos hemos ido siendo conscientes de que somos también privilegiados: una indemnización por despido y una serie de préstamos de familiares y amigos nos han permitido salir del país con  mayor probabilidad de encontrar trabajo que mucha otra gente en nuestra situación. Somos, en resumen, dos más dentro de la marea de 700.000 personas que han abandonado España desde el año 2008.
En estos siete meses, Uruguay nos ha acogido amablemente. Las elaboradas historias que habíamos ensayado para justificar en el aeropuerto por qué llevábamos un billete con vuelta  para un año después y tantas maletas no hicieron falta en absoluto. La gente que pregunta por qué estamos aquí nos desea mucha suerte y no son pocos los que dan consejos útiles o pasan ofertas de trabajo. No hemos visto una sola mala cara, un comentario de temor hacia el recién llegado. Es más: a las tres semanas de aterrizar ya teníamos una cédula de identidad provisoria que nos habilitaba a hacer todos los trámites de instalación. En cuatro meses mi pareja había encontrado trabajo como periodista. Ayer me llamaron del ministerio de Cultura local: había ganado uno de los concursos a los que me había presentado para un puesto de técnico cultural. Estamos hablando de un empleo público. Yo, un inmigrante recién llegado, he podido optar en igualdad de condiciones  en una convocatoria de empleo. Algo impensable en España para un uruguayo que emigre a nuestro país. Primero, porque no hay empleo público que valga. Segundo, porque las dificultades que les ponemos para conseguir papeles son inimaginables para nosotros. Y es algo que me da vergüenza, propia y ajena.
Me da vergüenza ajena porque esta mañana he leído que nuestro gobierno, el gobierno de España, el gobierno de mi país, que está mandando gente fuera a paladas, ha reinstalado vallas con cuchillas en la frontera de Melilla con Marruecos. Para evitar “los asaltos”, informa el que fue el diario independiente de la mañana. Los asaltos. Se refiere a la gente desesperada por encontrar una vida mejor. Gente como nosotros, con una salvedad: ellos son (más) pobres. Y como son pobres, merecen que les pongamos sistemas medievales de contención que no aplicamos ni a los animales en el campo. Las fotos son para vomitar. Restos de ropa ensangrentada. Hojas afiladas como cuchillos de carnicero. Un país de emigrantes, que es lo que somos, practicando la mutilación como política migratoria.
Una imagen vale más que mil palabras: una puta vergüenza.
          Una imagen vale más que mil palabras: una puta vergüenza.
Me da vergüenza propia al recordar una mañana de junio de 2010 en la estación de metro de Legazpi, en Madrid. Unos policías pedían la documentación a determinados viajeros. A los que de raza negra o con rasgos latinos. Solamente a estos. Me quedé 20 minutos haciendo estúpidamente como que leía el periódico. En ese tiempo identificaron a seis o siete personas. Solo por su aspecto. No me atreví ni a preguntar ni a intervenir. Supe que aquello estaba mal. Que los dos chicos que se llevaron detenidos no habían hecho nada malo más allá de ser de fuera. De tener un aspecto distinto. Luego leí más y descubrí que es una práctica habitual: en España, si tienes la piel oscura, verás a la policía mucho más frecuentemente. Y me da una puta vergüenza que no consigo describir.
¡No te preocupes! ¡Solo te paramos si eres extranjero! ¡Esto es una democracia!
¡No te preocupes! ¡Solo te paramos si eres extranjero! ¡Esto es una democracia! Fuente
Salgo de mi casa y el señor de la abarrotería de la esquina, que siempre me llama gallego de forma afectuosa, me saluda con una sonrisa. Y me vuelvo a avergonzar. Recuerdo los panfletos que un grupo de imbéciles, porque no merecen otro nombre, habían dejado en las aulas de la facultad donde, como buen parado treintañero, hacía el doctorado. Daban una “respuesta estudiantil” a la crisis basada en culpabilizar al emigrante, en criminalizar al diferente. Dos de ellos repartían folletos en la entrada y les pregunté que por qué lo hacían. Me miraron como si fuera un extraterrestre: “porque los panchitos nos quitan el trabajo”. En Valladolid. Que tiene 54.000 parados. Que ha mandado a 20.000 personas al exilio (en ese momento todavía no imaginaba que yo sería uno de ellos). Asco y vergüenza, es lo que me provocaron esos dos niñatos con sus banderas de España y todos los que son como ellos, intentando sacar partido de la crisis.
Efecto de las cuchillas en Melilla. ¿El crimen de este hombre? Pues el mismo que el mío: aspirar a una vida mejor.
Efecto de las cuchillas en Melilla. ¿El crimen de este hombre? Pues el mismo que el mío: aspirar a una vida mejor. (foto @Sergiocarofoto)

Hoy mis compañeros me han felicitado efusivamente por mi nuevo trabajo. Para sacar algo de dinero he hecho de figurante en una ópera. Cosas de la emigración. Mientras me palmeaban la espalda, de nuevo he sentido vergüenza al recordar una reunión de coordinación en la embajada de España en Guatemala. Desde la oficina de cooperación habíamos mandado, con una beca, a una brillante estudiante de posgrado guatemalteca para participar en un curso de verano en la Complutense. Con todos los certificados y papeles necesarios para que no hubiera problemas, pero, como era habitual, los hubo: al bajar del avión, un policía nacional se fijó en su huipil, el traje típico de los indígenas mayas. La llevaron a la comisaría de Barajas y la tuvieron 72 horas antes de deportarla de vuelta al país. Sus compañeros de viaje, más blancos, en cambio no tuvieron ningún problema.
El embajador, una buena persona y un buen profesional -algo no muy abundante en nuestro ciclotímico servicio exterior- no daba crédito. Llamó al comisario jefe de Barajas, que le dio largas. Le exigió explicaciones al teniente de la Guardia Civil de servicio en la embajada, que prometió enterarse “de que había pasado”. Al salir de la sala de reuniones se formó un corrillo y el hombre, encogiéndose de hombros, comentó como si fuera muy evidente “claro, es que…si vas vestido de indio, lo normal es que te paren”. Así como suena. Un funcionario público. Un tipo con 20 años de servicio. ¿Cómo no va a tener prejuicios racistas el policía de 25 años que se acaba de sacar la oposición? Una puta vergüenza, es lo que me pareció en ese momento, y lo archivé en la categoría de anécdotas de embajada. Ahora, consciente de que es un patrón recurrente, la vergüenza me la aplico a mí mismo por no haber interrumpido y haberle, por lo menos, mandado a la mierda.
Repito: me avergüenzo porque somos un país de emigrantes. Emigramos en masa a América Latina a finales del XIX y principios del XX. Nos exiliamos por decenas de miles después de la guerra civil, de nuevo en este continente, y aprovechamos para mandar fuera a la flor y nata académica e intelectual del país. En los años cincuenta, otra vez, emigramos por millones a Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda o Francia. Y ahora volvemos a hacerlo, en una curiosa mezcla de mareas migratorias: licenciados con idiomas, como en el 39, buscando cualquier trabajo, como en el 52. Y mientras tanto nuestros gobiernos siguen comportándose como nuevos ricos con los que vienen a España: exigiendo trámites interminables, demorando absurdamente los papeles, prejuzgando por el tono de piel, convirtiéndolos en objeto de discriminación y rechazo,  jugando al señorito andaluz que arruga la nariz ante la pobreza porque en el fondo le recuerda que no hay demasiada diferencia entre España y los países a los que nos vamos (o mejor, a los que nos echan), y que nos acogen con generosidad, en busca de un futuro que ellos nos niegan.
Cuchillas en las fronteras, redadas racistas, leyes discriminatorias. No reconozco a mi país ni a su gente en estas medidas: va siendo hora de pensar en reventar, también, la burbuja de ignorancia represiva que nos están aplicando. Por ellos y por nosotros, por los que nos vamos y los que os quedáis. Pero mientras tanto, de verdad, qué vergüenza.

POST ORIGINAL AQUÍ

10.12.2013

JORNALEROS AGRÍCOLAS MIGRANTES: Viajeros sin Futuro

ABRAHAM GARCÍA GÁRATE




MÉXICO ES UN PAÍS que vive un proceso de migración dinámico al interior de su territorio, teniendo como protagonistas principales a los jornaleros agrícolas migrantes. Son los peregrinos del hambre, los desheredados.

El hambre que padecen estas familias ha permitido que los productores agrícolas labren fortunas. Esta fuerza de trabajo, esta mano de obra casi gratis es la que necesitan para explotarlos como esclavos modernos. Entre más indefensos estén, más posibilidades existen para cometer abusos, engaños y tratos crueles e inhumanos que le garantizan a los empresarios agrícolas la obtención de ganancias fáciles y de alto rendimiento.

En México, la Encuesta Nacional de Jornaleros (ENJO 2009), arroja que dos millones 40 mil 414 personas se dedican a actividades agrícolas, quienes sumadas a los miembros de sus familias ascienden a más de nueve millones de personas en hogares jornaleros. La estimación del universo total de jornaleros en México consideró un promedio de 4.5 integrantes por hogar jornalero, tomando en cuenta los más de dos millones de jornaleros a nivel nacional y como máximo la misma cantidad de familias, se logró estimar la población jornalera superior a nueve millones.

Es la primera vez que en el país se tiene un padrón que permite conocer de dónde son los jornaleros, cuáles son sus principales rutas de migración, cual es la cifra aproximada de población infantil jornalera, dónde trabajan y en qué tipo de cultivos participan. La Encuesta Nacional de Jornaleros 2009, logró levantarse en 689 municipios de 31 estados.

Se calculó que 21.3 por ciento de las familias son migrantes; es decir, hay 434 mil 961 familias de jornaleros agrícolas migrantes a nivel nacional. El mayor porcentaje se encuentra entre los 16 y 20 años, con un 7.8 por ciento para los hombres y 6.5 para las mujeres.

Del total de los jornaleros agrícolas migrantes, se informó que actualmente 81 por ciento son hombres y 19 por ciento mujeres; 57 por ciento del total de jornaleros se emplea en cultivos de café y chile, y que del total de la población de jornaleros 39 por ciento son menores de edad; es decir, 795 mil 761 niños o adolescentes; 90 por ciento de los jornaleros agrícolas carece de contrato formal; 48.3 por ciento tiene un ingreso de tres salarios mínimos y 37 por ciento gana dos salarios mínimos. El 54.8 por ciento de los trabajadores están expuestos a productos agroquímicos de forma cotidiana y el 40 por ciento de los jornaleros agrícolas provienen de población indígena.

La población jornalera agrícola infantil en el país asciende a un total de 711 mil 688 menores de edad, aproximadamente 39.1 por ciento de la población jornalera. Un 60 por ciento de estos niños, niñas y adolescentes se dedica al trabajo remunerado como trabajadores agrícolas. Siendo el chile el cultivo en el que más menores laboran, 55 mil 635 que corresponden al 12.8 por ciento del total de la población jornalera infantil. Le sigue el melón y el tomate rojo con el 11 y el 10.4 por ciento respectivamente, mientras que en los cultivos de piña (0.2%) y tabaco (0.3) se identificó una cifra menor de niños trabajando.

A las labores agrícolas la mayoría de las niñas y niños jornaleros empiezan su vida como trabajadores del campo después de los cinco años, encadenándose así, eternamente al trabajo duro del surco. Por otro lado, hombres y mujeres de menos de cincuenta años ya no son contratados, en su mayoría porque su mejor momento ha quedado atrás. Antes de los cincuenta son ancianos. Antes de los diez años a las niñas y niños jornaleros les han robado su infancia.

Las camionetas Ford-350 de redilas salieron del pueblo y se perdieron en el camino terregoso dejando una estela de polvo tras de sí, era lo que él alcanzaba a ver. Sus hijos, nueras, nietos y bisnietos viajaban en ellas. Su bisnieto más chico era El Chencho, del que con más alegría se había despedido. “¡Ah muchacho!”, pensaba al recordar  también, que por esa edad empezó a trabajar en el campo a cambio de pocos pesos para ayudar a la familia; sus hermanos más grandes lo habían enseñado a trabajar.

 En este viaje lo dejaron en el pueblo, ya no pudo ir aunque quería, a sus casi cincuenta años era un anciano. Sus hijos ya no lo quisieron llevar  y ya nadie lo quería contratar.

Sus manos y la espalda no trabajaban como antes cosechando, en ese antes donde podía recorrer surcos llenando costales, javas, arpillas, cajas; de limón, tomate, chile, pepino, papaya, aguacate, melón. Pero ahora decían los mayordomos o los “cabos” que ya no le funcionaban, que no, que ya no eran útiles. Es cierto, la espalda le dolía pero no como para no poder trabajar. La tos que tenía -decían los promotores de salud- era crónica, como si él supiera que era eso- ya la traía desde hacía años, pero ahora sí les importaba. Esa tos la había agarrado en el mismo campo donde Mercedes, su mujer, enfermó para no volver a curarse. De allá se habían traído algo, a ella la Muerte se la había llevado pronto, a él, lo roía por dentro todo el tiempo. El más pequeño de sus hijos nació por aquellas épocas, pero no sobrevivió, no sabía bien por qué. Le habían dicho que por los “Agentes Químicos” en los surcos, pero él nunca había visto por los campos de cultivo a esos señores para enfrentarlos.

Toda su vida la había vivido en el campo, entre su comunidad y las zonas de trabajo. Aunque había nacido en su pueblo, al mes ya acompañaba en su periplo por los campos de cultivo del país a su madre y a su padre en los jornales del campo. Dormido lo dejaban en el surco mientras ellos recogían la cosecha. Su madre le contó que una vez casi se muere de insolación y deshidratación porque no se acordaban en qué surco lo habían dejado. Cuando le preguntaba a su padre, hombre de muy pocas palabras pero de mucha fuerza,

¿Por qué trabajaban en el campo? Él le respondía que era por “La Herencia”. Era bisnieto de bisabuelos jornaleros y nieto también de abuelos jornaleros. El padre de su padre había sido bracero allá por el 42, de los primeros que llegaron a Stockton en California. Cuando regresó, el dinero que les tenía que dar el gobierno norteamericano por conceptos del Seguro de Salud, fue depositado al Banco de Crédito Agrícola pero el gobierno mexicano nunca se los entregó; de hecho,  desaparecieron los fondos. Como el ahorro nunca llegó a sus manos tuvieron que volver a trabajar el campo, el propio y el ajeno por un jornal. Y su padre cuando estaba chico, acompañaba al suyo en las largas jornadas agrícolas.

De los nueve hermanos que tuvo, solo él quedaba; no era el más grande pero tampoco el más chico, los que venían detrás se fueron al Norte y no sabía de ellos nada. De las hermanas que hubo en la familia, ya ninguna vivía, entre malparidas, enfermedades y maltratos del marido -como le había pasado a Carmen-  también se habían adelantado en el camino. Pancho, al que le ganó la borrachera lo cuidaba bien cuando estaba chico y no permitía que le faltara nada, siempre compartía con él lo que tenía y más cuando hambre era lo único que había. Pero al Pancho le gusto el trago y una noche dormido se quedo afuera de su casa y no volvió a despertar…pero eso había pasado hacía mucho tiempo.

En sus ojos cansados se veía el reflejo de los campos del Valle del Fuerte en Sinaloa cuando llegó a los 15 años, y más fuerte era el recuerdo en ellos de San Quintín, en un lugar llamado  Baja California, pero no eran recuerdos gratos, a los 16 decidió nunca regresar a ese lugar infernal. De allá se trajo a Mercedes, que era su paisana. Ella tenía trece cuando la conoció, catorce recién cumplidos cuando se juntaron.

Mientras prendía un cigarro y a través del humo, alcanzaba a ver la lejana polvareda de las camionetas de redilas que transportaban a su familia. El Isidro y el Luis, sus hijos grandes, habían llegado a decirle que se iban Pa´l otro lado, que aquí no la hacían, que los tíos, si se habían adelantado y no regresado, era porque les había ido bien. Sabía dentro de sí que no los volvería a ver y así fue, a su cuidado quedaron los nietos y las nueras.

Una de sus hijas, La Chabela, esa sí que había salido bonita, -tan bonita que estaba, que decían que se parecía a las hijas del patrón del rancho donde una vez había llegado con Mercedes a trabajar y al cual ella nunca quiso regresar-, a ella no le gustaba el campo ni trabajar en él y se fue para la ciudad. La Chabela les había mandado una invitación para su boda como con un año de retraso y después de un par de años, una carta,  donde les contaba que vivía bien y que tenía dos hijos. Él pensó en sus nietos a los que no conocía –ni llegaría a conocer- que podrían vivir mejor que ellos, que podían estudiar y trabajar, y un día tener tierras para que los primos les ayuden a sembrar.

Ahora sus bisnietos, nietos, hijas, hijos y nueras, viajaban en las camionetas de los enganchadores, que aunque los conocían desde hace muchos años no por eso los trataban mejor. El Chencho ya tenía cinco años; este es su primer viaje de trabajo en los eternos surcos de los campos agrícolas, ya conseguirá sus propios centavos. Sonríe cuando lo recuerda, “es bien vivo, bien listo”. Cree que será de los que las maestras de las escuelas para niños migrantes le insistan mas en estudiar, en que deje el campo y aprenda a leer y a escribir y a sumar y a restar. A él nadie lo enseñó a leer, por eso nunca aprendió. El sumar y restar lo asimiló por los bultos llenos que valían dinero al final de la jornada. A saber de las denominaciones, “solo con ver -decía- solo con ver”.

Por allá alcanzó a distinguir a algún representante del gobierno federal que había venido a inspeccionar que todo estuviera bien para el viaje y que todos hubieran ya dado su contribución    -al del gobierno-  para poderse ir. Desde que estaba chiquito, habrá tenido unos cinco o seis años, los del gobierno –solía pensar- siempre hablaban todos igual. Le habían llegado toda la vida, desde que pequeño estaba, que campañas de vacunación que parecían enfermar más a la gente, que programas de salud que no curaban a nadie, y eso no le había ayudado al Ramiro, el tercer varón,  cuando a los diez años se enfermó en Nayarit y no regresó mas al pueblo.

A  él, lo que siempre le había dolido es que no le habían dejado trasladar el cuerpo de su hijo y allá estaba lejos, enterrado en tierra extraña y lejano de ellos; Que campañas de alfabetización, pero no conocía a muchos que supieran leer; y otras que se llamaban de “Filiación”, donde les pedían su nombre y la credencial, quesque servían para votar por un cambio y para que todo mejorara, pero nunca le dijeron donde  y cuando había de hacerlo, y no sabía si el cambio había llegado.

“Los alacranes -le había advertido al Chencho- son cabrones, hay que tener cuidado con ellos”, y el Chencho viéndolo con esos ojos negros grandes y alegres le respondía muy serio, aceptando la responsabilidad “Si, Güelo”.

Ojalá alcanzaran lugar en el albergue para Jornaleros, es menos malo y era nuevo. Preferible llegar ahí que a las casas que rentan para ellos, siempre están cayéndose de sucias, viejas y de feas. Los dueños nunca tienen el cuidado de arreglarlas, “Como son pobres ni lo sienten”, “¡Ah como no vamos a sentirlo!”, ¿Cómo cuando nos metieron en las porquerizas, que según ellos habían limpiado y estaba llenas de gusanos y ratas?, ¿O como aquella vez, en la casa grande donde su compadre había embarazado a su propia hija en una noche de borrachera?, ¿O en la otra, donde el enganchador tenía como cinco esposas, todas criaturas, y quería más? Iban pa´llá tras él, venían pa´cá con él, él les gritaba ellas lloraban. “No, si la vida es dura y más pa los que no tenemos nada…” decía su Apá. ¿O cuando les dijeron que hasta cuarto para cada uno tendrían  y  los mandaron debajo de la Ceiba?, Así nomás, ¡Dijo el Patrón que aquí se quedan y aquí se quedan! Esa noche, todos durmieron bajo el frondoso árbol, esa noche y la siguiente, y las de los cuatro meses que estuvo en la cosecha del chile.

El humo del cigarro en el ojo izquierdo lo regreso de sus pensamientos y recuerdos, tosió un poco y escupió. ¿Cuántas horas se irán a viajar?,  ¿Dieciséis?, ¿Dieciocho?, ¿Un día?, ¿Dos? a lo mejor; bueno, hasta una semana dependiendo a donde vayan, dependiendo como les vaya. Uno terminaba agotado, exhausto de esos viajes, y cuando llegaban a su destino lo que querían era bajarse, como fuera pero bajarse. Y después de ese desplazamiento sin descanso, el campo agrícola los esperaba antes del próximo amanecer para que se pusieran a trabajar, como la cosecha pasada, como la de antes…como las de siempre.

El cigarro soltó su último suspiro ahumado, él lo aspiró profundo, fuerte, agusto. Dejo salir el humo y lo disfrutó. Tiró la colilla al piso dejándola extinguirse poco a poco. Se acomodo con sus manos duras y dedos chuecos de lado el sobrero de palma. El sabor del tabaco oscuro no se iba de su boca cuando sus pasos arrastrados, lentos, fatigados, se alejaron poco a poco de donde se encontraba. Las camionetas desvencijadas se habían perdido en la distancia. En cuatro meses regresarían sus hijos, nueras, nietos y bisnietos  y  “El Chencho”,  pa´ contarle de su primer trabajo, de cómo ya se estaba convirtiendo en hombre… ¡Ah que muchacho!…

Los gobiernos han evadido su responsabilidad de velar por los derechos de los migrantes internos. Los jornaleros agrícolas migrantes son invisibles para las autoridades de los tres niveles de gobierno, no tienen derecho a exigir atención porque no hay sentido de pertenencia ni arraigo en los lugares donde trabajan, están siempre de paso y por lo mismo nadie se siente  obligado a atenderlos.

No se puede ser cómplices de esta tragedia que padecen, no se puede a aceptar esta situación injusta, hay que oponerse a las prácticas racistas que adoptan las autoridades que victimizan a los más vulnerables. Se deben parar estos abusos, no se puede seguir permitiendo que se denigre la vida de los Jornaleros Agrícolas Migrantes. Se tiene que dar la batalla por sus derechos, para que las mujeres, jóvenes, niños y niñas puedan reconstruir un proyecto de vida y hacer posible sus sueños de vivir como hombres y mujeres libres en condiciones de igualdad y de derechos. 

El trabajo infantil agrícola en México sigue siendo uno de los grandes desafíos para las instituciones  responsables de lograr su erradicación.

Estas líneas son apenas un acercamiento a un problema estructural que nos habla de la profunda desigualdad que sigue imperando y,  que la sociedad y las autoridades no están atendiendo

9.29.2013

Migrantes, víctimas del crimen organizado: SCJN

por Gustavo Castillo García para el Periódico La Jornada

Migrantes centroamericanos en Tenosique, Tabasco. Foto Prometeo Lucero

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) reconoce que los jueces y magistrados deben poner atención a los migrantes que solicitan intervención o protección de la justicia federal, ya que "son fácilmente víctimas de delitos y violaciones a derechos humanos por el crimen organizado".

El Protocolo de actuación para quienes imparten justicia en casos que afecten a personas migrantes y sujetas de protección internacional –que será presentado oficialmente este lunes– refiere que los grupos criminales se han "involucrado activamente en el secuestro, la trata de personas y el tráfico ilícito de migrantes".

Por ello, indica, se "hace necesaria la promoción del acceso a la justicia" de los extranjeros, lo que se perfila como derecho en favor de los migrantes desde la ratificación por México de la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y sus Familiares en 1990, la adhesión a la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados en 2000 y los cambios a la Ley General de Población, así como por las recientes reformas aprobadas por el Congreso en materia de derechos humanos.

El Poder Judicial de la Federación reconoce que en materia de justicia y "dado que en la actualidad México recibe flujos migratorios mixtos", es necesario recurrir a otros tratados internacionales específicos para ocuparse de exigencias como la protección internacional de refugiados y beneficiarios de protección complementaria, la trata y el tráfico de personas, así como las necesidades de mujeres, indígenas, niños, niñas y adolescentes.

El documento –que será guía para que los jueces mexicanos impartan justicia– servirá para que se apliquen los tratados internacionales y leyes nacionales "conforme, armónica y sistémica en los casos en donde intervengan personas que, además de ser migrantes o sujetas de protección internacional", y a pesar de que reconoce que "aunque, eventualmente, puede admitirse que las personas migrantes sean tratadas de forma diferenciada, esta diferenciación deberá ser razonable, objetiva, proporcional, y respetar sus derechos humanos, sujetas al principio de no discriminación, respetando los derechos sociales, laborales y el acceso al debido proceso."

9.23.2013

La muestra ‘Los barcos de la emigración y sus protagonistas’ se exhibirá en octubre en Bahía Blanca, Argentina

Del 14 al 20 de octubre, en el Salón de Usos Múltiples del Bahía Blanca Plaza Shopping, se exhibirá la muestra ‘Los barcos de la emigración y sus protagonistas’. La inauguración oficial de la muestra será el lunes 14 de octubre, a las 18 horas.
La exposición está presentada por la Federación Regional de Sociedades Españolas, con la colaboración del Instituto Argentino de Cultura Hispánica, ambas con sede en esta ciudad de Bahía Blanca.
Se podrán observar, en 27 vinilos, 81 fotos de barcos que trasladaron a personas desde Europa hacia América. Los barcos se encuentran ordenados por empresas, y se puede leer una breve reseña de cada uno de ellos.
Debajo de las fotos se podrá encontrar, organizados por fechas, distintos viajes que realizó cada embarcación, detallando con nombres y apellidos algunos de los españoles que arribaron a la Argentina en los mismos.
Se puede encontrar información sobre más de 270 viajes y 1.000 españoles, en un listado que se amplía día a día.

Mario Álvarez, integrante de la comisión directiva de la Federación Regional de Sociedades Españolas, es quien realizó la investigación y producción para llegar a exhibir esta muestra.
Aquel que lo desee puede consultar, en una base de datos, la información sobre fecha de arribo a la Argentina, nombre del barco y demás datos de personas de distintas nacionalidades, no solo española. En este caso, el interesado deberá escribir la información que disponga, en una planilla, que se encontrará junto a la muestra, para luego, con el correr de los días, comunicarse con la Federación Regional de Sociedades Españolas y chequear la información encontrada, la cual, no siempre es la que uno busca e inclusive a veces la misma no se encuentra.
La mencionada muestra se encuentra a disposición de las entidades nucleadas en la Federación, que deseen pedirla para exponer en su ciudad.
Esta muestra será presentada, por primera vez, el sábado 28 de septiembre en Plottier, en el marco de los festejos por el cincuentenario del Centro Social, Cultural y Deportivo Español de esa ciudad.

9.18.2013

Inmigrantes indocumentados se esposan en la Casa Blanca


El camino más largo hacia Estados Unidos, pero el menos peligroso

Verónica Calderón para El País

Entrada del comedor de FM4 Paso Libre en Guadalajara, a unos pasos de la vía del tren.


Guadalajara, Jalisco, al oeste de México, es la cuna de los mariachis, los charros y el tequila. Es la sede de la feria del libro más grande en habla hispana. Pero no era una escala en el mapa de los 400.000 centroamericanos que cada año cruzan México para intentar llegar a EE UU. En los últimos cinco años el número de extranjeros que pasan por la segunda ciudad más grande del país se ha triplicado. Desde la matanza de 72 personas en San Fernando (Tamaulipas) en 2010, cada vez son más los que eligen la ruta del Pacífico: el camino más largo, pero el menos peligroso. Y que atraviesa este sitio. Se les ve por los cruceros cercanos a la vía del tren, sentados en la calle, dormidos en la acera. Se han convertido en un quebradero de cabeza para las autoridades locales y han agitado prejuicios en una sociedad en la que los inmigrantes eran invisibles hasta antes de ayer.

El propio gobernador del Estado de Jalisco, Aristóteles Sandoval (del Partido Revolucionario Institucional, PRI), dijo hace dos semanas que la población de Guadalajara debía denunciar a “esa gente que está en las esquinas” para “regresarlos a su país”. Sin citar estadística alguna, el político afirmó que había detectado que “quienes asaltan a casas” eran “sobre todo centroamericanos o sudamericanos”. Sus declaraciones levantaron tal polémica que tuvo que disculparse poco después.

Ocurre que, hasta hace muy poco, los inmigrantes que pasaban por Guadalajara eran “invisibles”, según explica Santiago, de 25 años, un voluntario de la organización FM4 Paso Libre, que gestiona un comedor a unos pasos de las vías. El grupo tomó su nombre del permiso de residencia para extranjeros en México: el FM2 o FM3. El FM4 no existe, pero los voluntarios explican que se trata de un estatus utópico que garantiza “paso libre” a cualquier extranjero.

El comedor abre todos los días a las cuatro y cierra a las siete. Uno de los voluntarios –el más experimentado– entrevista a las personas que quieren entrar. Hoy le toca a Santiago. Les piden una identificación. En caso de no traerla, “hay maneras para darnos cuenta si son realmente de donde dicen que son”, comenta Diego Ramos, de 24 años. “Les preguntamos de qué departamento son. O, por ejemplo, cuál es el mejor equipo de fútbol de Honduras”. El Olimpia de Tegucigalpa, por cierto.

El gobernador de Jalisco dijo que la sociedad debía denunciar a “esa gente” para “regresarlos a su país”


Al cruzar la puerta hay cuatro banderas, todas azul y blanco. La guatemalteca, la hondureña, la salvadoreña y la nicaragüense. Diego explica que también sirven para reconocer a los inmigrantes. Muchos indigentes –una palabra que los voluntarios se niegan a utilizar por juzgarla “discriminatoria”– se hacen pasar por ellos. Y en la ciudad, FM4 es la única organización que se dedica exclusivamente a atender a los viajeros que están de paso.

En uno de los muros de la sala de espera hay un cartel donde un tío Sam con bigote mexicano recuerda que la ley estadounidense permite no responder a ninguna pregunta en caso de ser detenido. En otro hay un mapa de México que detalla las principales rutas que los inmigrantes siguen para llegar a Estados Unidos. Son cuatro. Los principales destinos son dos ciudades fronterizas al este –Reynosa y Nuevo Laredo–, la sempiterna Ciudad Juárez y Tijuana, al otro extremo del país. Hay advertencias. “En temporada de lluvias las vías se dañan”. “Hay personas que han cruzado México en 15 días, pero otras han tardado hasta tres o cuatro meses”. "Trata de agruparte con otros compañeros de viaje". “Cuando el tren va sin carga es más rápido pero menos estable, aumenta el riesgo de que te caigas”.

El tren es La Bestia, la temida máquina que miles de centroamericanos abordan para intentar cruzar México, también apodada la Devoramigrantes. Quizá uno de los viajes más caros (puede llegar a costar hasta 1.100 dólares entre robos y sobornos) y más riesgosos del mundo. Hace dos semanas descarriló. Hubo 12 muertos.

En la sala de espera del comedor hay unos seis hombres que esperan su turno en silencio. Las entrevistas –que suelen ser breves– son en una pequeña oficina. Diego explica que todos los días atienden a unas 30 personas. Después pasan a un cuarto contiguo, donde hay una cabina telefónica. Los voluntarios les permiten hacer una llamada internacional de unos minutos a su casa, que paga una fundación francesa. “Esas llamadas son fundamentales. Muchos de los familiares pasan semanas o meses sin saber de ellos. Es la manera que tienen de decirles que están vivos”, comenta Diego.

La mayoría de las personas que pasan por el comedor son hondureños: un 45%.

La travesía por México inicia generalmente en Tapachula, en Chiapas, a menos de 10 kilómetros de Guatemala. De ahí es Diego. Cuenta que por eso se ha involucrado en la ayuda a los inmigrantes. “Yo soy de la frontera. Siempre viví en ese contexto”, explica. Muchos creen que La Bestia todavía parte de ahí, pero el paso del huracán Stan en 2005 dañó la estación y cambió el inicio del trayecto. Ahora sale de Arriaga, a 200 kilómetros. Un viaje de casi tres horas en coche. "Calcula cuánto es caminando”, comenta.

Cada uno de los hombres que esperan en la sala entra y deja sus cosas en “el ropero”. No les dejan entrar al comedor con ellas para evitar robos y malentendidos, explican los voluntarios. En la segunda planta de la pequeña casa hay baños, una ducha, un sitio para lavar ropa y una mesa. Dos voluntarios más sirven comida. Hoy hay espagueti y calabacines hervidos. Un fotógrafo les pide permiso para hacerles una foto. Se llama Óscar Fernández y hace unas semanas que trabaja en un proyecto para retratarlos y “dejar fe de que son personas”. Entra Jason Ernesto Boquín, un nicaragüense que sonríe cuando le recuerdan la música de su tierra. Posa contento para la cámara. No es el caso de todos. “Hay quienes salen muy serios o quienes incluso prefieren no hacerlo. Una mujer me pidió que no le hiciera fotos porque su exmarido, policía, podría reconocerla y enterarse de que estaba intentando llegar a Estados Unidos con su nueva pareja”.

Un estudio del Programa Institucional de Derechos Humanos y la Paz del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) señala que, todos los días, un promedio de 20 inmigrantes pasa por Guadalajara. El Gobierno local calcula que es cerca del triple que hace unos cinco años. “Hay mucha discriminación”, explica Santiago. “Nos quejamos de cómo tratan a nuestros compatriotas en Estados Unidos y aquí somos peores en el trato con los extranjeros”.

La mayoría de las personas que pasan por el comedor son hondureños: un 45%. Después siguen los mexicanos provenientes de los Estados del sureste del país, como Chiapas, Oaxaca o Guerrero. Les siguen los nicaragüenses, los salvadoreños y los guatemaltecos. Casi todos son hombres (el 90%, según cifras oficiales), pero también han pasado mujeres e incluso niños que intentan cruzar solos. Diego cuenta que “les gusta Guadalajara porque piensan que es una ciudad amable y muchas en el camino no lo son. Aunque yo creo que no es amabilidad, es indiferencia. Y eso que Jalisco es uno de los Estados de donde provienen muchísimos mexicanos que van hacia Estados Unidos”.



Un voluntario muestra a dos inmigrantes un mapa con las principales rutas a través de México para llegar a Estados Unidos.


“Hoy los ves y mañana ya no”, relata un voluntario

Pero que la ruta del Pacífico sea menos peligrosa que la del Golfo no significa que sea un camino de rosas. El 70% de los inmigrantes que la cruzan sufren algún tipo de abuso, según el estudio del ITESO. En Guadalajara se quedan muy pocos, relata Santiago. Son más los mexicanos sin techo que se intentan hacer pasar por inmigrantes, explica. Y eso ha generado tensiones entre extranjeros y locales. Justo hace unos días que un cuerpo mutilado fue hallado junto a las vías del tren. Iba sin identificación, pero las autoridades creen que se trataba de un centroamericano.

Minutos antes de las siete de la noche, los voluntarios dejan de recibir personas. En la ventanilla hay indicaciones para llegar al albergue para personas sin techo de la ciudad. “Hoy los ves y mañana ya no”, comenta Diego. Cuenta que un día atendió a un niño de menos de 10 años pero que se comportaba ya como un adulto. El chico escondía una navaja y se enfrascó en una pelea con otro de los inmigrantes. Las reglas del comedor obligan a expulsar a cualquier persona armada, más aún si se involucra en un pleito. El niño había quedado herido de una pierna y cojeaba. Diego afirma que es lo más duro que ha tenido que ver mientras ha trabajado ahí. “Si subirse a un tren que pasa a 20 kilómetros por hora es difícil para un adulto, imagínate para un niño lastimado”.


Más fotos aquí

9.15.2013

Detenidas

Washington. Un total de 105 mujeres, varias de ellas inmigrantes indocumentadas mexicanas, fueron arrestadas hoy frente al Capitolio, en el primer acto de desobediencia civil pacífico de su tipo para demandar al Congreso una reforma migratoria.

Al grito de "Sí se puede", el grupo de mujeres creó un círculo de camisetas rojas en la acera frontal al Capitolio, donde desplegaron una manta con la exigencia de una urgente reforma migratoria para 11 millones de inmigrantes indocumentados.

¿Qué queremos?, corearon las mujeres mientras era sujetadas con esposas plásticas por parte de la policía del Capitolio. "Queremos una reforma migratoria", respondía el grupo, que fue apoyado por otro centenar de manifestantes apostados en las aceras.

Las mujeres bloquearon la circulación vehicular de las calles Independencia y Nueva Jersey, lo que constituye una violación sujeta a arresto. Decenas de agentes y patrullas habían sido desplegadas en preparación de las detenciones.

Sin resistirse al arresto, las mujeres fueron escoltadas a camiones de la policía, donde se les recogieron las pertenencias antes de ser transportadas a un centro de detención del Distrito de Columbia.

María, un inmigrante mexicana que viajó desde California para participar en el acto de desobediencia, dijo a Notimex no tener miedo de ser deportada.

"He vivido 20 años en la sombra. No tengo temor", dijo ataviada con la leyenda "Mujeres por la Reforma migratoria Justa".

Antes de la detención, las mujeres llevaron a cabo una movilización con cánticos y consignas frente al Congreso donde pidieron al liderazgo republicano, acelerar el trámite de una reforma migratoria y evitar que sea desplazada por temas como Siria.

Activistas recordaron que tres cuartas partes de los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos son mujeres y niños.

Se trató del mayor el acto de desobediencia civil de su tipo para demandar una reforma migratoria y el primero en ser integrado exclusivamente por mujeres.

Medea Benjamín, del grupo CodePink que ha realizado movilizaciones contra Siria en el Congreso, dijo que los legisladores republicanos deben estar listos para movilizaciones adicionales por la reforma migratoria.

Clarissa Martínez, del Consejo Nacional de la Raza (NCLR), expresó su apoyo a la forma de lucha.

"Es una forma de participación democrática que obviamente sirve para llevarles el mensaje a los miembros del Congreso que parece están dormidos en sus laureles", dijo.

El legislador demócrata de California, Xavier Becerra, lo comparó con las movilizaciones del defensor de los derechos civiles para los afroamericanos, Martin Luther King, y del líder campesino así como activista, Cesar Chávez.

"Mientras que sea algo pacífico, están expresándose como los ha hecho otros americanos en el pasado para un asunto bien importante en la vida de nuestras familias", señaló Becerra.

8.29.2013

“Llegué a Toulon a los 29 con mi hija de 7 años”

“Nací en Burkina Faso pero vine a Francia a los 4 después de un golpe de estado”

“Mis ancestros eran los Siharaba en la región del Lago Alaotra, donde están los arrozales de  Madagascar”

“Vengo del Kurdistán, del pueblo de Silopi, en el corazón de la región fertil entre el Tigris y el Eufrates”

Una mano, un mapa, una historia.  30 personas desconocidas de diversas nacionalidades dejaron su tierra nativa:  Algeria, Vietnam, Senegal, Rusia, Argentina, Salvador, Armenia, Iraq.

En cada una de las 30 fotografías de Céline Boyer, un fragmento cartográfico del pañis de origen se proyecta sobre la mano de cada parsona y las ciudades, mares, ríos y fronteras pueden ser vistos.

Estas imágenes vienen con textos cortos donde l@s dueñ@s de las manos cuentan sus recuerdos, sus esperanzas y miedos. hablan de sus ancestr@s, raíces y cultura y de sus travesías personales inconclusas.
 Al conectar la unicidad de una persona y un lugar, cada sujeto llama nuestra atención sin convertirse en objeto de curiosidad etnográfica, Entonces El Otro, la Otra, es persona.

Texto original, aquí.

8.23.2013

voy y vengo

Segunda axión que habla de la migración, el movimiento constante, la búsqueda y el hallazgo, la carga y la libertad. Esta axión pertenece a Transvase Territorial.
Elizabeth Ross y Christine Brault

convocatoria


aunque hay que pagar 6€

8.12.2013

Todos somos migrantes

Exposición con fotos de, entre otros, Francisco mata Rosas y sus estupendas imágenes logradas en la frontera Tijuana/San Diego

6.22.2013

entre el río y la bestia

Todo el tiempo oímos y nos quejamos de lo mal que tratan en Estados Unidos a nuestros paisanos mexicanos, y de lo ojetes que son los de la migra. No es novedad para nadie, que los miles de mexicanos que tratan de cruzar al otro lado cada año, la tienen difícil. Pero como bien explica la canción de los Tigres del Norte, los centroamericanos son tres veces mojados y la tienen aún más cabrón. En México se tienen que cuidar de todos, de los del Instituto Nacional de Migración (INM), de los Federales, de los taxistas, de los Zetas y hasta de rancheros locales que ven en ellos una presa fácil para robarles el poco dinero que traen.

De todos los migrantes que cruzan nuestro país, quienes la pasan peor son las mujeres. La mayoría viene ya con la idea de que en algún punto del viaje no sólo las robarán, sino que también es muy probable que las violen. Muchas deciden seguir, pero algunas, optan por quedarse en Chiapas, ya sea porque están cansadas o porque necesitan dinero para continuar. Sin papeles y con poca educación, muchas terminan trabajando como prostitutas en las zonas de tolerancia en ciudades como Tapachula, Comitán, Frontera Comalapa y Huixtla.
Viajamos a Guatemala donde conocimos a Yoana, una chica guatemalteca que lleva un tiempo trabajando en Huixtla como prostituta para mantener a sus dos hijos. También acompañamos a la Fiscalía Especializada en Delitos Cometidos en Contra de Inmigrantes, mientras patrullaban la zona conocida como La Arrocera, una región de alta peligrosidad, para intentar entender cómo una instancia del gobierno estatal protege a los migrantes, mientras el INM, los busca para deportarlos. Finalmente, nos subimos a La Bestia junto con 400 centroamericanos, rumbo a Ixtepec, Oaxaca, para ser testigos de las dificultades y peligros que estas personas tienen que pasar al cruzar por México. (tomado de m.vice.com)

6.13.2013

Migration in the UK: An Exercise in Scapegoating

a review of The British Dream: Successes and Failures of Postwar Immigration by David Goodhart
Atlantic, 381 pp, £20.00, April, ISBN 978 1 84354 805 8
by Jonathan Portes
(taken from London review of Books)

There are two major problems with contemporary British society, according to David Goodhart in The British Dream, and both are primarily caused by immigration. The first problem is economic: the plight of the white working class, especially the young, and the decline of social mobility. Goodhart argues that low-skilled immigrants have taken jobs from unskilled natives, leaving them languishing on benefits, while high-skilled immigration reduces both the incentives and opportunities for ambitious and talented natives to move up the ladder. Many find this thesis convincing, and it has been accepted as fact by much of the political elite. There is, however, almost no evidence to support it. The second problem is social: the decline of a shared sense of community, local and national, which Goodhart relates to the failure of at least some immigrants to integrate, either ‘physically’ (where they live, who their kids go to school with, what language they speak and so on) or ‘mentally’ (in terms of the degree to which they identify with Britain, or share a common set of values). Some may think this argument has more force, but again, his conclusions far outrun the facts.

I’ll start with the economics. Goodhart gives a fair summary of the current consensus about the effects of immigration on the labour market. It comes in two parts. First, in the medium to long term the ‘lump of labour’ fallacy is just that: it isn’t true that the number of jobs in the economy is fixed, and more jobs for immigrants doesn’t mean fewer for natives. Second, the evidence suggests that in the UK immigration has little or no impact on employment even in the short term; it may drive down wages for the low-skilled, but the effect is small compared to that of other factors (technological change, the national minimum wage and so on). These things are now well established, and Goodhart appears to accept them. So it comes as something of a surprise that he should cite with approval Fraser Nelson’s observation that mass immigration ‘broke the link between more jobs and less dole’, and that he goes on to argue:
To have millions of long-standing residents sitting at home on benefit while poorer foreigners come in and take the jobs that they should be doing makes no sense for the country as a whole; it creates a kind of Saudi Arabianisation of the labour market. The number of British citizens on out of work benefits has fallen from a peak of about six million in the early 1990s but even in the long boom it never fell below 4.5 million.
It can certainly be argued that had better policies been pursued – in particular, if more had been done to get lone parents and those on incapacity benefits back into the labour force – the number of people on benefits might have fallen even further in the 2000s. But the idea that reducing immigration would have made a meaningful difference doesn’t fit the facts, in terms of timing or geography. In the period between 1979 and the early 1990s, which Goodhart describes as one of low and stable immigration, the numbers on out of work benefits tripled to six million, from two million in 1979. This wasn’t just an effect of the deindustrialisation of the early 1980s; much of the rise actually came in the early 1990s. And the persistence of benefit dependency in the 2000s among long-standing UK residents was at least as great in areas with few immigrants as in those with many.
Goodhart cannot escape from his instinctive view that the political economy of immigration is a zero-sum game, even as he accepts that both economic theory and the evidence say no such thing. ‘A disproportionate number of new jobs,’ he writes, ‘seem to have been going to recent immigrants.’ But this is an expression of the ‘lump of labour’ fallacy he elsewhere dismisses. The belief that if immigrants get ‘more’ of something (jobs, education, opportunities, political power), natives (or whites) must get less. This guides his discussion of the local economic impact of immigration in Merton, South-West London: ‘Poor whites [are] doing the worst of the lot.’ Such people have ‘mainly opted out: they seldom vote, and a lot of the younger people are “Neets” – not in employment, education or training.’ It isn’t entirely obvious from Goodhart’s description of Merton why immigration is responsible for this. Do the immigrants displace natives from jobs, schools and polling booths, or do they somehow drag them down? Either way, such facts as there are in this sentence appear to be wrong. Do fewer working-class whites vote in Merton than elsewhere? I’m not aware of the existence of any statistics on local voting by ethnicity or class, but both the Merton constituencies (Mitcham and Morden, and Wimbledon) had a higher than average turnout at the last election, and more than two-thirds of Merton voters are white. As for Neets, the Merton Council report cited by Goodhart found 87 white Neets aged 16-18. Is that a lot? Not really: there are about 2300 whites in the relevant age group. Whether the council’s data are directly comparable with official statistics isn’t certain, but if they are then the chances of a white teenager being Neet are considerably lower in Merton than they are nationally. (The official statistics suggest that Merton’s Neet rates are pretty low.)
Goodhart is of course right that young Brits, especially those not from middle-class backgrounds, are having a pretty hard time. But the question is why. Think about it this way. Suppose you’re poor, young and white: where in the UK don’t you want to be? That’s a subjective question. But from an economic point of view, one might want to consider such criteria as the proportion of young people who don’t get decent GCSEs and the number who are out of work. By those yardsticks, the answers are reasonably clear. Nationally, just under 60 per cent of kids whose first language is English get five good GCSEs including maths and English. There are eight local government districts where that figure dips below 50 per cent: Hartlepool, Middlesbrough, Knowsley, Blackpool, Barnsley, Hull, Nottingham and the Isle of Wight. Job prospects for young white school-leavers in these areas are, not surprisingly, poor: the proportion on the dole ranges from 12 to 18 per cent, compared to the national average of about 8 per cent. Yet of these areas, only Nottingham has a substantial non-white or immigrant population. In London, children whose first language is English are somewhat more likely (about 62 per cent) than the national average to get five good GCSEs, despite considerably higher poverty rates. Young whites in London don’t often end up on the dole: only about 5.5 per cent, close to the lowest rates in the country. Things are a little worse in Merton, where GCSE results are about average, and the proportion of young whites claiming benefits is about 6.5 per cent, but that’s still well under the national average.
So, to put it bluntly, if you’re going to be white, British and poor, all the statistical evidence suggests you’d be better off being born in Merton – or anywhere else in London, surrounded by immigrants – than in the mostly white areas where educational outcomes, in particular, are worse. We need to be careful here. Correlation doesn’t imply causation. There are lots of possible explanations for the figures I have given; in particular, the remarkable improvement in London’s schools, especially for more disadvantaged children, over the last decade. And there’s little doubt that the depression of local economies in some Northern cities is responsible for both the high unemployment and relatively low immigration in those places. Econometric analysis suggests that there’s little or no association between high immigration and employment or unemployment rates.
Goodhart is right that we should be worried about the future of ‘our’ young people from disadvantaged backgrounds. Youth unemployment was stubbornly high even before the recession, and labour market prospects for young people without skills and qualifications are likely to remain bleak if and when the economy recovers. But surely he should be focusing his attention on those areas where young people’s prospects are objectively worse, not places like Merton, where they appear to be improving. And surely the issues to focus on are the ones that matter in those areas: economic decline, poor schools, employers uninterested in developing the skills of young people in low-paid jobs – not immigration. To believe, as Goodhart does, that the ‘renegotiation of EU rules on free movement to allow for local worker preferences’ (in other words, to keep out Romanians or Bulgarians) would do anything to improve the life chances of young Brits isn’t just wrong, it’s a dangerous delusion.
The strain is even greater when Goodhart turns his attention to the supposed decline in social mobility. It has become the conventional wisdom on both right and left that social mobility is decreasing. As Goodhart recognises, the extent of the decline, let alone its causes, is controversial; while mobility as measured by income does appear to have declined, the story is less clear when it comes to social class. But he decides to blame immigration in any case: ‘One third of all graduate jobs in London are now taken by people born outside Britain,’ he writes, ‘which may be one factor behind the apparent slowdown in social mobility in recent years.’ How on earth are we supposed to understand this claim? I’ll make two remarks. First, the disputed evidence of the decline in social mobility in the UK relates to the period before 2000; the very sketchy subsequent evidence we have suggests there has been no further decline. As with Goodhart’s analysis of benefit dependency, the effect he is looking at – in this case the putative decline in social mobility – does not coincide with the years of high immigration. Second, Goodhart’s theory sits a little oddly, to say the least, with his general argument that recent migrants have been disproportionately low skilled, depressing wages and reducing job opportunities for low-skilled natives, while benefiting better-off natives. Indeed, he cites the best-known paper on wage impacts, which, as he says, ‘found that immigration overall had led to a small increase in average [native] wages’ and a somewhat larger increase in the wages at the top end, ‘but also a small reduction in the wages of the bottom 20 per cent’. These effects are fairly minor, but they are hardly consistent with the idea that British graduates are losing out.
So let’s ignore Goodhart’s talk of social mobility and reinterpret the sentence in a way that makes sense. Let’s assume he is simply saying that there are fewer graduate opportunities in London for natives because so many immigrant graduates come here. If that were the case, presumably the London graduate labour market would be oversupplied with graduates compared to the rest of the country, which is much less attractive to high-skilled immigrants; as a result, the graduate earnings premium would be lower in London, and native graduates would seek employment elsewhere. Yet every quantitative analysis tells us that graduates earn more in London compared with less skilled workers than they do in the regions. London has more graduates, both foreign and native, than anywhere else, but it is not oversupplied with them – on the contrary, the market suggests.
There are obvious reasons for this. ‘Clustering’ affects high-skill sectors disproportionately; some high-skill/high-pay industries are concentrated in London; and some graduates in London are part of an international labour market (made up of a number of globalised cities) rather than a domestic one. But by these lights, an increase in the immigrant graduate population will tend to drive up wages and labour market opportunities for natives. Elsewhere Goodhart appears dimly to recognise this, noting that high-skilled immigrant workers can be both substitutes for and complements to natives. He gives two examples: the City, where immigration probably leads to more and better-paid opportunities for natives; and the Premier League, where he argues the reverse. I’m not convinced by the second example. The number of skilled jobs – in media, marketing etc – generated by hosting the most successful club league in the world far outweighs the number of British footballers displaced from it. But in any case, the argument that the negative impact on native job prospects of allowing in immigrant footballers outweighs the positive effect of allowing in immigrant workers in the financial sector seems a hard one to make, and Goodhart doesn’t even try.
*
What of the social impacts of immigration? I have some sympathy with Goodhart’s instincts concerning the importance of integration and the negative impact of segregation. Britain lacks a strategy, as he says, ‘either for new arrivals or for settled but “stuck” communities’. In a relatively small country like the UK, there is no future for communities isolated from the economic and social mainstream. Both immigrants and the country as a whole will be much better off if immigrants learn English soon after arriving, participate fully in the labour market, and send their children to schools that are not dominated by a single ethnic group. But Goodhart takes the same eccentric approach to the evidence here as he did with the economics. He manages a reasonable summary of the research, which shows that the non-white population is diffusing into previously all-white areas and that, at the same time, many urban areas are becoming ‘majority-minority’ rather quicker than expected – although the number of people from an ethnic minority background who live in areas dominated by their own ethnic group remains small. Most non-whites live in fairly diverse areas; it is whites who don’t. This is generally accepted by geographers and demographers, and isn’t exactly surprising. Yet when it suits Goodhart, he just ignores the facts. Take his reference to ‘the little Somalias … that dot many of our big cities’. The recently released, extremely detailed census data suggest that, even allowing for classification issues, you’d be hard put to find a single ward (each has a population of about ten thousand) anywhere in Britain where more than one in ten of the population identify as Somali.
By comparison, on Chicago’s South Side, something over half a million African Americans live in a contiguous geographical area which is about 95 per cent black. But that doesn’t stop Goodhart making an absurd, some would say offensive, analogy with the US. Talking about Waltham Forest in North-East London, he writes: ‘In America, this is called Sundown Segregation; people mixing during the day but going home to quite separate neighbourhoods.’ ‘Sundown towns’, as the sociologist James Loewen has documented, were places in the US where, before the enactment of civil rights legislation, black people (sometimes in earlier years also Chinese, or Mexicans) were not permitted to remain after dark. I’m not sure which is worse: the irrelevance of this concept to modern Britain; the failure to do the elementary research required to establish the origin of the term; or the ugliness of comparing Waltham Forest to American towns that once displayed signs reading ‘Don’t let the sun set on you, nigger.’
Even worse is Goodhart’s discussion of specific communities where there are very real economic and social problems. I know little about Bradford, so have no firm basis on which to judge his plausible-sounding claims about the Pakistani immigrant experience there: much higher segregation than in London, the dominance of clan politics, the impacts of chain marriage migration etc. A friend in Bradford – a professional, leftish woman of Pakistani origin, working in education – told me that what he has to say is ‘unscientific’, based on ‘cheap anecdotes and quite frankly baloney’. No reason you should take her word for it, so let’s provisionally accept Goodhart’s suggestion that there is a prima facie case that first-cousin marriage is responsible for a higher than average proportion of birth defects among Bradford Pakistanis. He cites some relevant research, but follows it up with assertions which are unsubstantiated, inaccurate and alarmist: ‘Bradford has just opened two more schools for children with Special Educational Needs,’ he writes. ‘On some measures nearly half of all children in the area qualify for special help.’ No source. However, the Department for Education publishes the statistics, and it turns out that in Bradford, the proportion of children who ‘qualify for special help’ is about 21 per cent. Well, 21 per cent is not ‘nearly half’. It is, in fact, only slightly higher than the national average of 20 per cent. And it is significantly lower than in some other, mostly white places. Nationally, the highest figure is 27 per cent, in north-east Lincolnshire. What’s going on? Maybe the locals marry their cousins there too. But I think I’ll restrict myself to saying that this is a complex phenomenon on which I’m no expert. It’s a pity Goodhart didn’t do the same.
Despite this, Goodhart’s take on the triumphs and travails of Britain’s immigrant communities is by far the best part of the book. He has a thoughtful description, for example, of the generally poor economic and social outcomes of Somalis in the UK, ascribing it in part to ‘a British society which has been decent enough to let them in but then too indifferent to help them join in’. At the same time he admits there are signs of progress; and for those of us who believe that the glass is half full, there is no reason to believe that the Somalis are any more doomed to failure than other groups. Indeed, while noting that the Polish experience has been ‘simpler and easier’, he does well to avoid contrasting ‘good’ and ‘bad’ immigrant communities. Almost despite himself, Goodhart ends up painting a relatively optimistic picture. ‘We have come a long way in a short time,’ he writes. ‘A country that less than a hundred years ago believed that it was its right to control the destiny of many “lesser breeds” has now invited them across its threshold and learned to treat them more or less as equals.’
After all this, Goodhart’s policy recommendations come as a damp squib. It’s difficult to disagree with much of what he says about integration, but then very little of it is very new. For example, increasing the allocation of funding for English language teaching for poor immigrants at the expense of translation services was settled government policy five years ago though under austerity the provision for such teaching has gone by the board. More interesting and potentially controversial is the suggestion that the government should actively promote integration in schools, if necessary by means of targets, quotas and other measures that might directly restrict individual choice. In this I agree with him wholeheartedly. It is surprising that this recommendation hasn’t attracted more attention – particularly since the evidence suggests that most of those whose choices would be constrained would be white.
What is completely missing from The British Dream, however, is any sense that Goodhart is prepared to engage with the positive case for immigration, or indeed for openness more generally. This shows in his discussion of immigration policy, on which he has surprisingly little to say. He ends up in more or less the same place as the government, and lacks, just as the coalition does, any good economic rationale for a set of policies that tend to exclude higher-skilled migrants and students. Writing in the Financial Times recently, Goodhart defended the government’s aim of reducing net migration to the ‘tens of thousands’: ‘So if more Britons retire to Spain,’ he argued, ‘more space will be created for Canadian nanotechnologists.’ Precisely. And, as I responded at the time, if fewer Britons retire to Spain, we’ll presumably have to give up on those Canadian nanotechnologists.
What do those of us on the other side of the argument – economic ‘liberals’ – believe about migration? We believe that, for all their problems and failures, markets are usually the best way to allocate resources, and that accordingly, a more rather than less open approach to migration and trade will deliver better outcomes. By this I’m not talking primarily about the short term – filling labour shortages and the like – but rather about the longer term. We do not gain from free trade in, say, cars with the EU because we or the French or the Germans have fixed comparative advantages in the market, so that we produce one type of car better and they another. We gain because trade increases competition between different producers, diversifies the supply chain across the EU, improves incentives for technological innovation, and has all sorts of other difficult to measure but important effects that increase productivity in the medium to long term.
The same is, in principle, likely to be true of immigration. Immigrants don’t just fill specific short-term gaps in the labour market. They bring different skills and aptitudes, and transmit them to non-immigrant colleagues (and vice versa); they can increase competition in some labour markets, giving natives an incentive to acquire certain skills. Immigrant entrepreneurs can increase competition in the markets for particular products. And workplace diversity can increase (or decrease) productivity and innovation. Immigration isn’t just about the movement of labour but the movement of individuals.
There is an emerging body of research evidence on these issues, which Goodhart ignores, but we will never know precisely the channels through which immigration has an impact on growth. Nor will we ever be able to put precise numbers on it, any more than we can identify the contribution of Britain’s history as a trading nation to our current prosperity. But we do know enough to set a clear direction for policy – and it is the opposite direction to that suggested by Goodhart and the government.
Goodhart, who holds the ‘liberal elite’ responsible not only for immigration policy in the last twenty years but also for British politics more widely, describes himself as a ‘post-liberal’. By this he appears to mean that he has a less market-oriented economic policy, and ‘greater respect for “flag, faith and family” social conservatism’. Attitudes to immigration are central to both: Goodhart’s social conservatism seems to mean a strong presumption that the impact of ‘outsiders’ on British society is negative, while his rejection of economic liberalism leads to the view that the impacts of immigration on the UK economy are often negative and, where positive, not worth the downsides.
The trouble is that in order to make his case, Goodhart needs to place the blame for economic and social problems on immigration or immigration policy, where it is unlikely to be the main or even a significant cause. The result is a frustrating book and one that ultimately falls into a trap it tries hard to avoid. Goodhart is careful not to demonise immigrants, individually or in groups. But that doesn’t stop The British Dream being an exercise in scapegoating. That is dangerous for British politics, for public debate, and for policy-making.

5.31.2013

cargamos al mundo mientras nos movemos

Obra de Shary Boyle, artista canadiense de la cerámica.
Foto aparecida en la portada de la revista Border Crossings,

5.18.2013

¿Debe el Estado proteger la cultura y las costumbres de los inmigrantes o deben estos adaptarse a los del país de acogida?


Manuel Delgado

El racismo ya no emplea la noción de raza. Allí donde decía “razas inferiores” ahora dice “culturas diferentes”, a las que se jerarquiza en función de su grado de adaptabilidad a una inexistente cultura anfitriona. La primera exclusión de que se hace víctima al llamado inmigrante es negarle el derecho a una distinción clara entre público y privado. Es así que prácticas religiosas o simples gustos vestimentarios que para los “no inmigrantes” son una cuestión privada pasan a ser reconocidas como anomalías alarmantes que deben ser corregidas. 
Eso no quiere decir que no haya entre nosotros quienes no se adaptan a nuestros valores de la libertad y democracia. Cierto, pero estos no son los inmigrantes, sino quienes nos gobiernan.

5.02.2013

de Alonso Ross


4.14.2013

Ópera con Mariachi sobre la migración y la identidad


Julio Alejandro, Especial para La Jornada

Chicago, Illinois, 13 de abril

El Mariachi Vargas de Tecalitlán logró dos cambios importantes en la agenda cultural de Chicago con la presentación de Cruzar la cara de la luna, la primera "ópera mariachi" del mundo: que la emblemática Lyric Opera de esta ciudad rompiera 58 años de programación ajena al español y que también por primera ocasión la cartelera sea llevada fuera del majestuoso edificio de la Civic Opera House, para escenificar la singular pieza en la preparatoria Benito Juárez Academy.

Cruzar la cara de la luna se ha presentado en las principales salas de conciertos de Houston, San Diego y París; el pasado domingo 7 vino a Chicago. Once integrantes del Mariachi Vargas de Tecalitlán y ocho cantantes-actores representaron la historia de un joven michoacano que emigró a Texas mediante el programa agrícola binacional Bracero, en los años 40, y ahora se cuestiona sobre la verdadera identidad cultural de su familia y de su hogar.



Pieza para comunidades alejadas del arte

Lyric Unlimited, productora de Lyric Opera, intenta involucrar a comunidades alejadas de la ópera (mexicanas y afroestadunidenses principalmente) y por ello compartirá sus obras en escuelas, teatros y auditorios fuera de su icónico edificio, erigido en 1929, cuya cartelera ha sido históricamente la de más calidad en la ciudad y una de las mejores a escala mundial.

Anthony Freud, director general de esta compañía, confirmó lo anterior y añadió: "Estas funciones en Pilsen y Waukegan, barrio y ciudad conurbada, mayoritariamente mexicanas, son los primeros actos de su clase en la historia de Lyric que se ofrecen fuera de la Civic Opera House".

Jack Zimmerman, encargado de relaciones de la compañía y experto en música clásica, dijo que tal vez hace 40 o 50 años la compañía se presentó en México.

El elenco, compuesto por tres mexicanos, dos anglosajones, un colombiano, un salvadoreño, una latina y un niño, es prueba de esta iniciativa "multifacética", afirmaron. En la presentación resaltó la participación de David Moreno y César Jáuregui, dos texanos que se añadieron a los 11 miembros de Mariachi Vargas que habían viajado a Estados Unidos. Hijos de latinos, estos jóvenes texanos también pertenecen al reconocido Mariachi Aztlán UTPA, conjunto que se ha presentado en la Casa Blanca frente al presidente Barack Obama.

Inmigración e identidad

En la obra, que duró 75 minutos y fue recreada en 16 escenas, se interpretaron 15 canciones, que representan los problemas de la identidad binacional de la familia protagónica: "Esta es la historia de un niño que noche tras noche estaba sentado en su ventana para mirar al cielo, quería saber de dónde vinieron millones de mariposas (monarcas), de dónde vinieron, él las quería acompañar", son algunas de las frases usadas en esta obra.

El Mariachi Vargas de Tecalitlán se inspiró en sones, huapangos, boleros y rancheras para crear esta fusión de ópera. Sin embargo, algunos miembros de la élite conservadora musical de Chicago se encuentran preocupados por el impacto del peso demográfico latino en el arte local: no se deben auspiciar este tipo de "salsas telenovelescas" para intentar atraer a otros públicos o cambiar las costumbres, comentó Lawrence A. Johnson, del Chicago Classical Review.

Por otro lado, el crítico de arte del Chicago Tribune aplaudió la historia del inmigrante Laurentino, pues "promueve el entendimiento intercultural. Se acercó a la comunidad mexicana y latina mediante una forma de arte que muchos de ellos nunca habían experimentado". La contraparte del Chicago Sun-Times comentó: "Le falta sabor, pero es intrigante".

Esta obra será presentada, ahora con el mariachi Aztlán UTPA sustituyendo al Vargas de Tecalitlán, este 19 y 20 de abril en la preparatoria Benito Juárez Academy, ubicada en el barrio mexicano de Pilsen, y tendrá un costo de cinco dólares la entrada. Al día siguiente se presentará en el Genesee Theatre de Wuaukegan. Contará con seis violinistas, tres trompetistas, un guitarrista, un ejecutor de guitarrón, una vihuela y una arpa ad hoc del grupo.

El equipo de beisbol de Chicago, White Sox, la billonaria empresa mexicana Evans Food, cuatro familias de empresarios y otros nueve patrocinadores (McDonald’s, Quaker y Walgreens, entre ellos) contribuyeron a la creación de esta obra, que fue anunciada en reiteradas ocasiones en el Museo Nacional de Arte Mexicano, propiedad de Carlos Tortolero.

3.31.2013

de Kim Ngan Ao



3.24.2013

the journey, la travesía

Inicié mi travesía pero la geografía no se estaba quieta y
terminé en algún lugar al que no tenía intenciones de ir .
Ricardo Blanco / Richard Gwyn

con la casa a cuestas


3.11.2013

mujeres y su travesía

Raeda Saaher, artista Palestina

Daniela Edburg ilustrando el inicio de las actividades de la FPM

2.17.2013

'Penélopes', una mirada "desde otro ángulo" a la emigración andaluza

Braulio Ortiz Sevilla, para el Diario de Sevilla

 El comisario y crítico Juan-Ramón Barbancho (Hinojosa del Duque, Córdoba, 1964) siempre ha procurado que sus investigaciones y muestras no den la espalda a la vida, convencido de que el arte "permite a los autores convertir su obra en altavoz a través del cual se puede oír la voz de gente que habitualmente no se oye, o se oye de una manera sesgada". Así, este profesional cuya producción se ha especializado en vídeo y fotografía ha analizado cuestiones como la relación que la ciudad mantiene con sus habitantes o la perspectiva con que la creación artística ha tratado a colectivos apartados del discurso predominante como las mujeres o los homosexuales. Ahora, este experto propone "mirar desde otro ángulo" el asunto de la emigración en Penélopes. Guardianas de la memoria, un documental grabado en las sierras de Huelva y Córdoba que toma como protagonistas a las mujeres e hijas de quienes, concretamente en la década de los 70, dejaron su tierra para encontrar trabajo.



"La emigración se había contado miles de veces, hay películas y libros, pero siempre esos trabajos se centraban en lo mal que lo pasaron los que se fueron. Pero nunca se había narrado cómo vivieron esa situación las que se quedaron", asegura Barbancho, interesado por las circunstancias "particularmente difíciles" que tenían esas Penélopes que aguardaban el regreso de su cónyuge. "En esa época la mujer no existía jurídicamente. Ellas estaban tuteladas por el padre o por la pareja, no podían abrir una cuenta en el banco, no podían comprar nada... No eran nadie sin la figura masculina. Dos de las protagonistas que participan cuentan que no salían a ningún sitio sin su marido", recuerda el director de esta película realizada gracias al apoyo de Sierra Centro de Arte, en Huelva, y en el que colabora la residencia para artistas cordobesa La Fragua, una producción que ya se presentó en la Filmoteca de Andalucía y que sus responsables planean proyectar en el Instituto Cervantes de Berlín, "dado que la mayoría de los emigrantes de los que hablamos se fueron a Berlín". La narración demuestra a través de las cartas que se enviaban los matrimonios el poder que el hombre seguía ejerciendo en la distancia. "Hay un marido en particular que desde Holanda dirigía cómo matricular a los hijos en el colegio y hablar con los profesores. En un principio no tenía planteado introducir esas cartas, pero vi que ese material reflejaba muy bien cómo estando ausentes esos hombres seguían muy presentes en el funcionamiento de la casa", apunta Barbancho.

Los primeros testimonios del documental ya reflejan las dolorosas experiencias de estas heroínas. "El hombre mío se fue para un año y resulta que estuvo 33. Mi vida, ¿dónde está mi vida? Ya se me fue", lamenta Carmen Tapia, de Belalcázar, en Córdoba, una de las ocho mujeres -seis esposas y dos hijas de los emigrantes- entrevistadas en esta cinta. "Una de ellas", precisa Barbancho, "sí es una mujer preparada, pero la mayoría eran analfabetas o semianalfabetas, lo que agravaba esa situación de soledad. Aunque como se quejaba Escolástica, de Santa Ana la Real, tenían tanto que trabajar que no les daba tiempo a sentirse solas, liadas con el ganado, las cabras, la casa, los niños...". Pese a que era "una vida muy dura, no había agua en las casas y había que acercarse al pozo por ella o al río para lavar", a pesar de que la escasez de recursos convirtiera un simple Cola Cao en un privilegio, el autor de este proyecto ha pretendido "que el resultado final no fuera triste. Por ejemplo, me iban a presentar a una mujer a la que abandonó el marido, pero lo rechacé: no me interesaba contar una historia de mujeres abandonadas y hombres malos. De hecho, todas las mujeres hacen referencia a los regalos que enviaban los maridos, a lo buenos que eran como padres... La gente se iba lejos de la familia porque no había otra forma de sobrevivir. Simplemente, estaban en entornos rurales, y la agricultura no iba".

El mediometraje reivindica la dignidad de unos personajes aparentemente secundarios en la crónica de la Historia. "Eran mujeres muy valientes, con un coraje tremendo, como una de ellas, Elena, que se fue a Alemania a ver al marido sin saber casi hablar castellano y desde luego sin saber nada de alemán, que se confundió en el aeropuerto y estuvo dos días dando vueltas por ahí. Son luchadoras que de no haber tenido ese carácter no habrían salido adelante".

Barbancho, que ha editado recientemente el libro Conversaciones sobre arte, política y sociedad, defiende que "como escribí para una exposición que hice en Valencia, el arte del siglo XXI será social o no será. Todos los días estoy zarandeando a los artistas, no podemos estar sentados en nuestros estudios como en una torre de marfil. Tú no puedes pensar una cosa y luego crear bajo los postulados de otra, ahí hay una especie de bipolaridad", argumenta el investigador. "Cuando hablamos de dinero público es el dinero del público; si yo como comisario pido una ayuda al Gobierno para hacer determinado proyecto tengo que hacer que éste revierta en el bien de la comunidad. Y nos quejamos de que la gente no va a las exposiciones de arte contemporáneo, pero ¿le interesa a los creadores lo que le ocurre a la gente?", prosigue alguien que sostiene que "el arte siempre ha sido social y político. Cuando Napoleón III encarga al Barón Haussmann que remodele París, es el momento de las revoluciones sociales y las grandes avenidas ayudan a que el ejército salga y entre de la ciudad para disolver las manifestaciones".

El comisario observa con interés el regreso de Iniciarte, el programa de apoyo al arte contemporáneo de la Junta, aunque a su juicio "habría que apostar más por la inversión y no por la subvención. Cuando funcionaba, los artistas estaban contentos porque podían comprar materiales: bastidores, lienzos y botes de óleos. Pero eso no es apoyar la cultura, el camino se hace formando a los autores", manifiesta Barbancho, antes de concluir que la pintura contemporánea andaluza "goza de una salud excelente, pero aquí dentro. Hay autores muy buenos, pero algunos trabajan con un ideario que a mi parecer está algo desfasado en el contexto internacional".

2.12.2013

La semana pasada una gran parte de la clase política estadounidense se unió para apoyar un proyecto que urge desde hace años: una reforma migratoria



 Foto de Francisco Mata Rosas

Patrick Corcoran (tomado de Este País )

Obama trazó su propuesta el martes en un discurso en Las Vegas, un día antes, un grupo de ocho senadores –cuatro republicanos y cuatro demócratas– plantearon otra reforma muy parecida. Falta ver si la coalición se mantiene coherente mientras avanza el proyecto, pero la ausencia de reclamos de los republicanos más extremos, sobre todo en la Cámara de Representantes, ha sido muy notable. Todo indica que el partido en su conjunto está a favor de una reforma, cosa que da una revolución al escenario.
Los detalles aún no se han definido, pero el marco básico de una futura reforma incluye lo siguiente: una vía hacía la residencia legal y la ciudadanía para la gran mayoría de los 11 millones de indocumentados que ahora viven en Estados Unidos; un programa de trabajadores extranjeros para asegurar que las necesidades del mercado laboral se cumplan; un programa de verificación obligatoria, para que las empresas sepan que sus empleados tienen el derecho de trabajar; y un incremento en los esfuerzos para frenar el tráfico de indocumentados en la frontera.
El último punto es lamentable. Durante siglos, se ha demostrado de sobra que un control absoluto sobre la frontera no es viable. La distancia es demasiado larga, el terreno es demasiado duro, los huecos son inevitables. Además, casi la mitad de los indocumentados llegan legalmente como turistas, así que un muro electrizado de 100 metros de altura, de Tijuana a Matamoros, no detendría una gran parte del flujo migratorio. Redoblar los intentos a controlar lo incontrolable es una receta para frustración y desperdicio. Peor aún, la propuesta del Senado dice que no habría residencia ni ciudadanía para los indocumentados hasta que se logre un mayor control en la frontera, cosa que no es posible, por lo menos no en el sentido aplicado.
Sin embargo, después de años sin progreso legislativo en este tema, la aprobación de una reforma defectuosa contaría como un gran logro. Con esta sola excepción (y creo que finalmente se tendrá que matizar el control de la frontera como punto de partida), ahora tenemos las dos corrientes políticas en la misma sintonía en cuanto a la inmigración, y por lo tanto, el alcance de lo posible ya es muchísimo más.
El cambio que facilitó todo lo anterior viene de los republicanos. Desde la última reforma en 1986, pese a los esfuerzos de algunos líderes de la derecha, como George W. Bush y John McCain, la base electoral del partido se ha vuelto cada vez más hostil hacia los inmigrantes. Esta oposición al nivel más básico donde nació los Minuteman y donde opera el famoso Sheriff Joe, siempre ha sido suficiente para superar los intentos lanzados desde arriba.
Ya no. Una de las pocas lecciones que tomó el partido republicano de su derrota en noviembre es que no pueden competir por la presidencia mientras los latinos votan cada vez más por el partido contrario. Apenas 27% de los votantes latinos optaron por Romney, comparado con 31% que preferían a McCain en 2008, y 44% que votaron por Bush en 2004. Ya que los latinos forman el sector de la población de mayor crecimiento, tales estadísticas representan una catástrofe electoral.
En pocas palabras, el pragmatismo electoral de los republicanos dejará a los antiinmigrantes políticamente marginalizado por el futuro previsible, por lo menos a nivel nacional. Por lo mismo, la reforma es una vuelta hacia las mejores tradiciones del país, de dar la bienvenida a todos los que quieran trabajar y aportar a la sociedad. Económicamente, es una decisión facilísima. La reforma agregará competitividad a la economía, aumentará la recaudación, y liberará recursos gubernamentales. El gran miedo es que la llegada de cientos de miles de migrantes, muchos de ellos de países pobres, podría frenar el crecimiento de los salarios, sobre todo entre los ciudadanos más pobres. No obstante, como afirmó David Brooks el viernes pasado, un buen número de las investigaciones relevantes llegan a la conclusión de que la inmigración ha tenido un impacto escaso, o hasta positivo, sobre las ganancias de los estadounidenses. En fin, todos ganamos.
Es una lástima que su actitud hacia los hispanos es la única parte de su agenda tradicional que los republicanos han querido volver a evaluar después de la derrota de noviembre; siguen aferrados a sus posiciones extremas sobre el cambio climático, los impuestos, y la venta de armas. Pero en al menos un tema muy importante, ellos han moderado sus creencias, y la consecuencia de su nueva moderación puede facilitar la vida de millones.

12.18.2012

México es líder en emigración, pero tercero en remesas: Inegi


Susana González G.
 
Periódico La Jornada, Martes 18 de diciembre de 2012, p. 27
 
En la celebración del18 de diciembre, del Día Internacional del Migrante, México se mantiene en el primer lugar entre las diez naciones que más población expulsan, por encima de India, Rusia, China, Ucrania, Bangladesh, Pakistán, Reino Unido, Filipinas y Turquía, pero se coloca en el tercer sitio en cuanto a recepción de remesas, indican cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y del Grupo Financiero BBVA- Bancomer.
El aumento de los flujos migratorios a escala mundial ha provocado que 214 millones de personas, que equivalen a 3 por ciento de la población del planeta, vivan en un país distinto al de su lugar de nacimiento, por lo que desde 2010 la Organización de Naciones Unidas proclamó el Día Internacional del Migrante.
En el caso de México, hay 12 millones de connacionales radicando fuera de sus fronteras que equivalen tanto a 5.6 por ciento del total de migrantes en el mundo, como a 10 por ciento de la población nacional.
Pese a ello, las remesas de los migrantes mexicanos quedan muy por debajo del monto que envían sus homólogos indios y chinos. En 2010, por ejemplo, México registró 22 mil millones de dólares de remesas, es decir menos de la mitad de los 54 mil millones de dólares que llegaron a India y los 53 mil millones de China.
El Inegi asegura que la migración mexicana hacia Estados Unidos parece haber llegado a un punto muerto dado que en el anterior bienio comenzó a disminuir y podría haberse invertido, por lo que el saldo migratorio es prácticamente cero.
Pese a eso, los mexicanos representan 28.2 por ciento de todos los migrantes radicados en Estados Unidos, dado que se sextuplicaron en las pasadas tres décadas: en 1980 sólo eran dos millones y subieron a los actuales 12 millones.
La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) informa que en el periodo 2006-2011 se observa una tendencia paulatina a la baja de la emigración internacional, decreciendo de 144 hasta 39.4 por cada 10 mil residentes durante este periodo, lo que representa el nivel histórico más bajo para este indicador, sentencia el instituto.
En cuanto a la migración interna, señala que ha disminuido ya que sólo 3.4 por ciento de la población vive en un estado distinto a su lugar de origen contra 4.9 por ciento registrado en 1990.
El Distrito Federal es la principal entidad expulsora de migrantes con 732 mil 742 personas que optaron por mudarse a otros entidades, principalmente 12 que son encabezados por los estados de México, Puebla y Veracruz.
El Inegi advierte que los estados del norte han disminuido sensiblemente su atractivo para perfilarse como entidades expulsoras, como son los casos de Baja California, Sonora y Chi-huahua. En el otro extremo, Baja California Sur, Quintana Roo, Colima, Nayarit y Querétaro son los que han ganado más población. En cuanto a los migrantes internacionales, siete de cada diez mexicanos son hombres y tienen entre 15 y 34 años de edad. Estados Unidos concentra 98 por ciento (11.6 millones) y más de la tercera parte proviene de los estados de México, Guanajuato, Jalisco y Michoacán.
Existen 94.8 mil mexicanos distribuidos en Europa, otros 58 mil en Canadá, 30 mil en Sudamérica, 27 mil en Centroamérica y el Caribe, incluso 5 mil en Asia y Oceanía. Así que África es el único lugar donde no han llegado los mexicanos o no se tiene registro de ello, de acuerdo con un estudio de BBVA-Bancomer difundido este mes.
Indica que en los pasados 12 años ha aumentado el grado escolar de los migrantes mexicanos en Estados Unidos: los que sólo cuentan con secundaria pasaron de representar 56.6 por ciento del total en 2001 a 47 por ciento en 2012, los de bachillerato subieron de 27 a 28 por ciento, los técnicos de 9.3 a 9.9 por ciento y quienes tienen licenciatura y posgrados de 5.5 a 6.1 por ciento.