Quito. Ecuador dejará de
considerar a los migrantes como ilegales mediante una nueva ley que les
garantizará derechos en el país al igual que protección a los
ecuatorianos que migren, informó hoy el presidente Rafael Correa.
El mandatario explicó que pese a que el gobierno ha alentado
políticas a favor de los migrantes, se requiere una ley que evite que
estas disposiciones puedan ser derogadas en el futuro. En ese sentido, anticipó que la nueva ley -cuya
aprobación está asegurada por la mayoría oficialista en el Congreso-
convertirá a la migración en un derecho.
Asimismo, acabará con la figura del migrante
ilegal, lo que en teoría implicará que no podrá ser considerado por
fuera del marco legal que cubre a los ecuatorianos. "Ningún ser humano puede ser considerado ilegal
(...) eso es una barbaridad, es una aberración", señaló el mandatario
durante su informe semanal de labores. Correa aprovechó para reiterar sus críticas al
tratamiento que reciben los migrantes en Europa y la que llamó
"proliferación de cárceles para migrantes". "A mí me ha tocado ver familias, niñas de 11 años
con sus madres en la cárcel por ser ilegales. A lo sumo su estadía es
irregular, ¿pero seres humanos ilegales?. Ahí nadie habla de derechos
humanos", expresó Correa.
El presidente izquierdista señaló que la nueva
legislación "garantiza también los derechos de los extranjeros en el
Ecuador, los retornados, solicitantes de refugio, personas asiladas,
apátridas". Añadió que la norma también reducirá de 18 a
cuatro los tipos de visas para extranjeros. La llamada Ley Orgánica de
Movilidad Humana prevé, además, la protección de ecuatorianos en el
exterior, el apoyo a la reunificación familiar y la prevención de la
migración riesgosa.
"Seríamos el primer país del mundo que va a tener
una ley de movilidad humana que incluye todos los grupos de personas que
están en esta situación, y además que garantiza la protección de los
ecuatorianos en el exterior", declaró María Landázuri, responsable del
gobierno en temas de migración. Se estima que 1,6 millones de personas
han emigrado de Ecuador hacia Estados Unidos, España e Italia,
principalmente, en busca de mejores oportunidades, la mayoría a finales
de los años noventa a causa de una severa crisis financiera.
La artista de Mumbai, Reena Saini Kallat recrea en Crónica Tejida las rutas migratorias por el mundo con una red simbólica de movimiento e intercambio cultural y humano y las barreras que a la vez se crean.
La obra es una intrincada red de alambres eléctricos, tejidos a mano en forma de alambres de púas. Sin embargo, por ellos se transfiere información, energía, y surgen relaciones que resultan de la movilidad.
Mildre quiere volver a 1996, el año en que Francisco, su marido,
decidió hacer una pequeña maleta y cruzar la frontera rumbo a Estados
Unidos. “Lo cambio todo por traerlo de vuelta, me ha dejado sola con
cuatro hijos… él ya tiene otra familia en California”, dice esta mujer
de 47 años que ve como Hoctún, un municipio de Yucatán (sureste
mexicano) se vacía lentamente. La zona ha perdido más del 35% de su
población en 15 años. La mayoría han sido hombres que van en busca del
ansiado sueño americano.
EE UU es el país con el mayor número de inmigrantes del mundo
UBELONG,
una organización que gestiona programas de voluntariado, ha puesto el
punto de mira en este sitio. “En México siempre se ha hablado de la
migración del centro y norte del país, pero en los últimos años el
fenómeno se ha trasladado al sureste”, dice Raúl Román, cofundador de la
ONG. Durante su visita a Yucatán, 11 integrantes de UBELONG han
recolectado historias como las de Mildre. “Hemos hablado con 40 familias
que tienen a uno o más miembros buscando el sueño americano. Queremos
contar lo que sucede con las personas que se quedan a la espera de que
algún día vuelvan los suyos”, agrega. Al proyecto de la expedición —La inmigracion a través de la fotografía— se ha sumado Lonnie Schlein, veterano fotoperiodista del New York Times y ganador del Premio Pulitzer en 2002.
Mildre no solo ha sufrido el abandono de su marido. Mario, su hijo,
se fue en el 2008 con 18 años. “Tú tampoco vas a regresar”, fue lo que
le dijo antes de su partida. También en Hoctún, Celia Gil, de 44 años, y
su hija Karime, de 26, tienen vidas paralelas. Sus parejas se marcharon
a EE UU. Karime lo resume: “Cuando nuestros esposos se van todos
tenemos esperanza de que vuelvan pronto. Pero casi nadie regresa. Mi
marido fue en busca de un sueño, pero ese sueño terminó con su familia”.
EE UU es el país con el mayor número de inmigrantes del mundo. En 2013 acogía 45,8 millones, según datos de Naciones Unidas.
Se estima que en 2013 residían en ese país más de 12 millones de
mexicanos. Incluyendo a los de segunda y tercera generación, la cifra
llega a 34,7 millones, de acuerdo con datos del Current Population
Survey.
Mi marido fue en busca de un sueño, pero ese sueño terminó con su familia
Karime
Pese a que Yucatán se ha caracterizado por su poca inmigración, sus
pueblos empiezan a vaciarse, comenta Ángel Basto, subdirector de
atención a migrantes del Instituto para el Desarrollo de la Cultura
Maya. Las medidas adoptadas por Obama el 20 de noviembre —que pueden
beneficiar a cinco millones de personas al recibir un permiso de
residencia o de trabajo temporal y así dejar atrás la amenaza de la
deportación— corrieron como la pólvora en el pueblo de Mildre. “La
verdad, me gustaría que mi esposo y mi hijo se legalizaran”, comenta
esta yucateca. “Es mejor que se queden ahí, porque volver sería muy
difícil”. El fotógrafo Lonnie Schlein explica que este proyecto pretende
aportar un grano de arena para que los estadounidenses sean menos
hostiles hacia los migrantes. “La fotografía es un arma poderosa para
conectar”, detalla.
La población yucateca que emigra es en su mayoría indígena, comenta Pedro Lewin, autor del libro Mayan Journeys: The New Migration from Yucatan to the US.
El autor dice que este fenómeno ha traído beneficios —123 millones de
dólares en 2013 (98,7 millones de euros al cambio actual) por el envío
de remesas—, pero también acarrea un desgate. Por ejemplo, dejan de
hablar maya y las familias se desintegran. Mildre conoce las dos caras.
“Cuando se fue mi esposo teníamos una casita de paja, ahora vivimos
bien, no nos quejamos, pero si hubiera sabido lo que iba a pasar
preferiría comer ahora frijoles con tortillas”.
A 20 minutos al norte de
la frontera entre Mexicali, Baja California, y Calexico, California, hay
un pueblo de 6 mil habitantes llamado Holtville. Ahí hay un cementerio
bautizado como Terrace Park donde se ven las tumbas blancas,
relucientes, de los familiares de quienes habitan el pueblo, rodeadas de
césped verde con los nombres y apellidos de los descansan ahí. Algunas
tienen encima unas flores frescas, otras un regalito.
Caminando entre las filas de los
sepulcros, y pasando una línea de árboles, se llega a un área que
recuerda que estamos en medio del desierto. El aire va cargado de un
polvo que se pega a la lengua y a la ropa. Ese terreno agreste en tiempo
de secas, lodoso cuando llueve, alberga los cuerpos de migrantes
indocumentados que murieron sin que se supiera quiénes eran. Filas de
ladrillos descoloridos, algunos con la leyenda “Joe Doe” para los
hombres, “Jane Doe” para las mujeres, indican que ahí yace alguien cuyo
nombre e historia no se conocen. Hombres, mujeres, quizá algunos niños,
que cruzaron por el desierto de Mexicali, una sucesión de montañas
rocosas y escarpadas que arden de día y se congelan de noche, con la
ilusión de que ahí adelantito ya estaría su destino. Los cuerpos se
quedan ahí, reduciéndose a huesos, hasta que alguien los encuentra y los
trae a Holtville.
La primera vez que llegué a este
cementerio de nadie, había llovido, así que los pies se hundían en la
tierra húmeda mientras empezaba a calar el frío desconsolador del
atardecer en el desierto. Un grupo de hombres y mujeres, integrantes de
la organización Ángeles de la Frontera recorría las filas de losas
rectangulares. Algunos intentaban en vano quitarles el polvo con las
manos; otros clavaban la vista en la tierra y musitaban intentando decir
algo al ser inasible de allá abajo —o tal vez al de allá arriba.
—Vinieron a trabajar en este campo, no a
ser enterrados en él —rompió el silencio Enrique Morones, quien
encabezaba el grupo, meneando la cabeza—. Morones y Ángeles de la Frontera son
conocidos en esta región porque en verano instalan galones de agua en
puntos estratégicos del desierto para que quienes cruzan, con suerte,
encuentren un poco de agua casi hirviendo bajo el sol.
Al menos una vez al mes, Ángeles de la
Frontera visita este sitio para evitar que, ante el olvido, su huella
termine por desaparecer. Quienes viajan desde San Diego colocan cruces
de madera pintadas de blanco con la leyenda “no olvidado” junto a los
ladrillos de los migrantes desconocidos. Siempre que van hay tumbas
nuevas. Enrique me cuenta que en 2002, cuando el cementerio empezó a
recibir los restos de los migrantes no identificados, había 20 tumbas.
Hoy hay 650.
A pesar de lo desgarrador que resulta
saber que en un camposanto aumenta el número de nadies, las cifras
indican que la probabilidad de morir ingresando aEstados Unidos es
muy baja. Se estima que en la última década han entrado al país
alrededor de 5 millones de inmigrantes indocumentados; de acuerdo con
las estadísticas de detenciones, 97 por ciento de los ingresos se
realizan por la frontera sur. Durante el mismo periodo, el número de
muertes registradas en el intento de cruzar oscila entre 5 y 6 mil;
Ángeles de la Frontera, asegura que podrían ser hasta 10 mil.
Diez mil entre 5 millones: 0.2 por
ciento de probabilidad de morir en la línea es una estadística que no
asusta a nadie. El riesgo de muerte, todos lo saben, es el que se corre
en el camino para llegar hasta esa línea. Una vez que se cruza, el reto
es empezar a vivir.
Border Patrol, a la caza del migrante.
Erick Midence da pasitos cortos de un
lado a otro. No lo llevan a ningún lado, pero no deja de moverse. De
peinado impecable, cejas pobladas y bigote cuidado que cae un poco hacia
los lados, tiene una mirada afilada, aguda, que no combina con su
sonrisa de amigo. Aunque esta mañana la sonrisa es forzada: hace dos
horas que espera para entrar a uno de los salones de la corte de
inmigración de Los Ángeles. Ahí se decidirá el destino de Rosario y
José.
De 14 y 15 años de edad, Rosario y José
llegaron indocumentados de Honduras hace un año. Es junio de 2014, así
que los chicos bien podrían ser parte de la estadística de moda: unos
días antes el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, reconoció lo
que calificó como una “crisis humanitaria” debido al incremento
dramático del número de niños detenidos en la frontera al intentar
entrar al país sin documentos.
Sin embargo Rosario y José no llegaron
con una oleada sorpresiva; forman parte de una generación de jóvenes que
desde hace años salen de El Salvador. Unos vienen con la esperanza de
conseguir un empleo; otros, porque saben que si se quedan en su tierra
acabarán muertos o siendo parte de una pandilla. Pero la mayor parte
viene porque uno de sus padres se encuentra acá.
Aunque la migración a Estados Unidos
siempre ha existido, una de las razones para que los menores realicen el
viaje tiene su origen en el reforzamiento de las medidas de seguridad
fronteriza establecidas tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
El endurecimiento de la vigilancia y las leyes aplicadas ainmigrantes indocumentados intentando
entrar al país, contribuyeron a romper la circularidad que
caracterizaba a la migración mexicana y centroamericana. Los padres que
trabajaban de este lado de la frontera solían regresar a su tierra cada
cierto tiempo para ver a los hijos; sabían que a la vuelta tendrían que
volver a ingresar de manera ilegal y estaban preparados para ello. El
asunto es que las opciones para el reingreso se redujeron.
Familias sin derechos.
Así, los padres empezaron a traer, o a
mandar por sus hijos, como alternativa para la reunificación familiar.
En el caso de Rosario y José, la decisión se tomó en familia. María
Vilma, la madre, llegó a California hace siete años. Dejó a sus cinco
hijos en Sensuntepeque, El Salvador, a cargo de su madre, la abuela de
los niños. Rosario y José son los mayores. Cuando empezaron a dejar
atrás la infancia, las maras les cayeron encima. A la abuela le pidieron
dinero para no volverlos a molestar. María Vilma, muerta de angustia,
envió la cantidad que le pedían a su madre y pagaron la extorsión. Eso
alcanzó para comprar año y medio de paz, pero unos meses más tarde la
amenaza regresó. María Vilma se dio cuenta de que tenía que sacar a sus
hijos de ahí. Preguntando entre sus contactos le recomendaron a alguien
que se los podía traer.
—No era un coyote —dice convencida—. Era
un amigo de la familia que aseguró que los niños iban a venir bien,
seguros y cómodos. Me dijeron así: que era más caro, pero que con él era
seguro.
Estamos sentadas en la sala de espera
del edificio que alberga a las cortes de inmigración, una de las decenas
de construcciones de pisos de mármol y muros helados que albergan
oficinas del gobierno federal o estatal en el centro de Los Ángeles.
María Vilma —de baja estatura, ya la rebasaron los hijos; cabello
obscuro recogido y ojos vivaces que no reflejan sus 33 años de edad—
habla sin resentimiento, como si fuera cosa de todos los días pagar 18
mil dólares para traer a sus muchachos pasando calor y hambre, caminando
primero, metidos en el maletero de un camión después, para que al final
los agarraran.
Cuando Rosario y José se reunieron con
su madre, les entregaron un documento que indicaba que se les iniciaría
un proceso de deportación. Les dieron una cita para presentarse ante el
juez de inmigración, y les sugirieron que consiguieran un abogado. Pero
María Vilma, con su trabajo en la pisca del apio, ¿de dónde iba a tener
para el abogado, si con trabajos sacó lo del viaje? Entonces llamó a
Erick Midence.
Todas las personas que me han hablado
sobre Erick Midence se refieren a él como “don”. Don Erick, me dijeron,
es este hombre que dirige la organización Hondureños Unidos de Oxnard,
una ciudad en la zona agrícola del sur de California, cuya población
está formada principalmente por quienes se dedican a la producción, el
cultivo y la recolección. Las manos que trabajan en esta zona son manos
migrantes.
Hay 3 millones de campesinos en Estados
Unidos, de ellos, siete de cada diez nacieron en México o Centroamérica,
aunque organizaciones locales estiman que en algunas áreas, como
California o Florida, podrían ser nueve de cada diez. Del total de
trabajadores agrícolas en el país, más de la mitad son indocumentados.
Es en lugares como Oxnard, más que en
las grandes ciudades como Los Ángeles, Chicago o Nueva York, donde los
migrantes son más vulnerables: la falta de información sobre sus
derechos y los escasos recursos para defenderlos hacen que fácilmente se
vuelvan víctimas de abusos o fraudes. Por esta razón, Midence decidió
llevar una organización de hondureños hacia allá, y terminó brindando
apoyo a todo tipo de migrantes, en especial a los que son de origen
centroamericano.
Cuando a María Vilma le recomendaron
buscar a Don Erick, su esperanza era conseguir un abogado que la
acompañara a la corte sin cobrar. Midence no lo es, ni su organización
cuenta con recursos para pagarle a uno. Lo que sí saben es cómo opera el
sistema de inmigración. El activista se ofreció a ir con María Vilma
para explicar a juez que la madre no ha podido contratar a un abogado y
pedir una prórroga. Lo consiguieron: el juez les dio una nueva audiencia
hasta diciembre.
Cualquiera que viera a este hombre
ayudando a otros, pensaría que su propia situación migratoria ya está
resuelta. No es así. Midence llegó a Estados Unidos hace 18 años
proveniente de Honduras, pero no tiene residencia ni ciudadanía. Al
igual que otros 65 mil hondureños en Estados Unidos, lo único que tiene
es un Estatus de Protección Temporal, conocido como TPS, una medida
instaurada por el gobierno estadounidense en 1990 que da a ciertos
inmigrantes indocumentados una salvaguarda temporal contra la
deportación y la oportunidad de permanecer por cierto tiempo en el país
de manera legal, pero sin que esto represente una posibilidad de obtener
una residencia permanente o una ciudadanía. El TPS se otorga bajo
ciertas condiciones de emergencia, como desastres naturales o conflictos
bélicos.
En el caso de Honduras, la protección se
dio a aquellos hondureños indocumentados que se encontraban en Estados
Unidos en 1998, cuando el huracán Mitch azotó el territorio de su país.
Tres años después, los migrantes salvadoreños también recibieron un TPS
tras los terremotos que golpearon a este país en 2001. Actualmente hay
200 mil acogidos a este programa. Aunque en teoría la aplicación del
estatus de protección obedece a una consideración de carácter práctico
para el individuo, su aprobación también depende del cabildeo que
realizan los gobiernos de los países afectados con las autoridades
estadounidenses. Guatemala, por ejemplo, ha intentado obtener un TPS
para sus ciudadanos, sin éxito.
Los estatutos del TPS establecen la
protección al beneficiario por un periodo de 18 meses, tras el cual éste
regresa a su situación de indocumentado y le es iniciado un proceso de
deportación. En el caso de Honduras como de El Salvador, ambos gobiernos
han negociado renovaciones cada año y medio; por 16 años para los
hondureños y 13 para los salvadoreños, el TPS ha sido extendido.
Aunque pareciera que todos ganan —los
beneficiarios pueden continuar viviendo en Estados Unidos; los gobiernos
centroamericanos siguen recibiendo el flujo de remesas y evitan el
compromiso de recibir y reinsertar a sus paisanos de vuelta en sus
países—, esta medida ha creado una generación que vive en la zozobra, la
incertidumbre, y sin derechos plenos. Los beneficiarios del TPS cuentan
con un número de seguro social y un permiso de trabajo que les permite
cumplir con ciertas obligaciones como el pago de impuestos, pero no les
da derecho a beneficios federales como un fondo de retiro, ni a
beneficios migratorios como traer a sus familiares que viven fuera de
Estados Unidos. Esto ayuda a explicar por qué los hijos, al cumplir
cierta edad, alcanzan a los padres sin documentos migratorios.
Un día, mientras participaba en una
acción comunitaria, Midence fue arrestado. Agentes de inmigración lo
detuvieron y le pidieron que se identificara y que acreditara su
estancia legal en el país; él indicó que era beneficiario del TPS.
—El agente me vio como si yo fuera un
ciudadano de tercera clase. “Este es un permisito y te lo vamos a
quitar”, me dijo para intimidarme. Me metieron en un cuarto, pero en dos
minutos regresaron a soltarme porque buscaron información sobre mí y
vieron que tengo un perfil en la comunidad. Y ¿qué pasa con quienes no
lo tienen? Vives con el miedo, con la zozobra; por 18 años yo he vivido
así. No puedes salir del país porque no tienes estatus legal; tienes que
pagar 380 dólares por un permiso para ir a visitar a un familiar. Se
nos han ido amigos, familia, y no podemos ir. Pero eso sí, somos una
buena fuente de ingresos: 480 dólares cada 18 meses por renovar el
permisito. Haga cuentas.
Las hice. Sólo por renovar el TPS de los
beneficiarios de Honduras y el Salvador, el gobierno estadounidense
recibe 127 millones de dólares cada año y medio, sin contar los permisos
de salida. Esa cantidad equivale a 12 veces el monto que propone
destinar la administración Obama en la defensa legal de los niños
migrantes.
Una cosa es recibir la llamada diciendo
que los hijos están en el centro de detención, y que puede ir uno por
ellos, y otra es que en efecto se los den. Cuando María Vilma llegó por
Rosario y José, además de acreditar que ella era la madre, tuvo que
comprobar que contaba con los recursos para sostenerlos y un sitio
aceptable para recibirlos. Ahí se dio cuenta de que el asunto iba para
largo.
Desde que llegó a Estados Unidos, María
Vilma ha trabajado en el campo, sembrando y cosechando, en jornadas de
nueve horas con dos de descanso, con la espalda encorvada para hacer la
pisca de fresas o lechugas, dos de los cultivos que más cansan. No habla
inglés, le cuesta trabajo leer y no puede escribir, pero encontró la
manera de ir juntando dinero para mandarlo a El Salvador y para ir
haciendo unos ahorros.
Sin documentos migratorios y con poco
dinero, cuando llegó a Estados Unidos María Vilma no pudo rentar un
departamento, pero se enteró que en algunas casas era común encontrar un
garaje adaptado como habitación sin necesidad de entregar papeles o
dejar un depósito de seguridad. Al prinicipio eso no representó
problema, pero a las autoridades de migración no les pareció un buen
sitio para que se alojarandos adolescentes. Para llevárselos tuvo que
encontrar un apartamento.
Aunque podría parecer una solicitud
razonable, el acceso a una vivienda digna para el inmigrante
indocumentado en Estados Unidos en ocasiones es un lujo. En este país el
sistema económico funciona en torno al historial de crédito de los
individuos: cualquier tipo de contrato, desde la renta de un espacio
para vivir, hasta la contratación de los servicios básicos de luz, agua o
gas, requieren de una revisión del historial de crédito. Si como es el
caso de los recién llegados, una persona no cuenta con él, y además no
tiene documentos que acrediten que vive legalmente en el país, no se
considera una persona confiable y debe dejar depósitos en garantía para
todo. Para el recién llegado no hay dinero que alcance.
Los migrantes han encontrado la manera
de darle la vuelta al asunto. El que logra instalarse ofrece un espacio
en renta para otros y cobra por el uso de los servicios; los que pagan
evitan los altos depósitos.
Sin embargo estos convenios están lejos
de ser la situación ideal. En el caso de quienes viven en las grandes
urbes como Los Ángeles, San Francisco, Chicago, Miami o Nueva York,
pagar por un pedacito de casa puede representar varios días de trabajo.
En estas ciudades las rentas varían de los mil 500 a los 3 o 4 mil
dólares mensuales por un apartamento de dos recámaras.
El espacio compartido, de forma inevitable, propicia el hacinamiento.
Miguel tiene nueve años en Estados
Unidos y siempre ha vivido en estos espacios. Es originario de
Monterrey, México, y como cada migrante en este país, recuerda
perfectamente la fecha de su llegada: 6 de enero de 2005.
—Esa noche dormí en una oficina de una
ferretería —recuerda Miguel, quien vino a trabajar como fotógrafo para
enviar dinero para los estudios de sus cuatro hijos; tres ya se
graduaron y la última lo hará este año—. El dueño era un primo de mi
cuñado que vivía en el segundo piso y me prestó esa oficina por tres
meses. De ahí, me pasé a un cuartito en la parte de atrás de una casa;
en total eran tres cuartos y compartíamos un baño y una cocinita, me
cobraban 275 dólares al mes.
En época de vacas gordas, tuvo
oportunidad de pagar 600 dólares al mes por un garaje adaptado que en
realidad era un estudio bastante cómodo, aunque pequeño: baño, cocina y
un sitio para estacionar el auto. Pero ahora que por motivos personales
las vacas vuelven a ser flacas, ha optado por el más barato de los
espacios compartidos.
—Estoy como el Chavo del Ocho, ¿ves que
vive en un barril? Bueno, yo no estoy en un barril, pero estoy en un
sillón de una sala, en el área común donde todo el mundo pasa. Yo soy
amable, saludo a todo el mundo. Es un sofá de escuadra, así que duermo
nomás boca arriba, porque si me volteo, me caigo. Pero vale la pena,
mira: llegué en abril —hace cuentas—, son cinco meses. En pura renta me
he ahorrado 400 dólares al mes, llevo 2 mil dólares ahorrados en estos
cinco meses.
Miguel siente que corrió con suerte: el
sitio en el que vive sólo es compartido con otras tres personas.
Cualquiera que haya vivido tiempo suficiente en estas ciudades sabe que
en algunos apartamentos llegan a apilarse hasta ocho y diez personas;
los espacios que se rentan van desde una habitación completa o
compartida, con o sin literas, hasta cuartos de TV, los sillones de la
sala, e incluso el clóset: por 150 dólares al mes, de las 10 de la noche
a las 6 de la mañana una persona puede dormir compartiendo dos metros
cuadrados de alfombra con las maletas que se encuentran sobre las
repisas del armario.
En las áreas rurales la situación no es
muy diferente. Aunque los precios son más bajos, los requisitos para
rentar son los mismos; en algunos sitios se piden contratos por seis
meses que rara vez pueden cumplir los trabajadores migratorios dentro
del país: el campesino se mueve hacia donde está el cultivo de
temporada. Esto provoca que ocho de cada diez trabajadores agrícolas
vivan la mayor parte del tiempo en condiciones de hacinamiento, según un
estudio realizado en Carolina del Norte, destino de un gran número de
migrantes centroamericanos. Entre aquellos que son trabajadores
migratorios, tres de cada diez viven en espacios calificados como no
aptos para habitación humana: automóviles o camionetas, garajes o cuarto
hechizos en los patios traseros de las casas, incluso en campamentos al
aire libre.
A María Vilma le tomó dos meses reunir
el dinero suficiente para dar el anticipo en un apartamento de una
recámara para llevar a sus hijos a vivir ahí; tuvo que pedir prestado.
Hoy, con su salario de 9 dólares la hora, trabaja para pagar esa deuda,
pagar la renta de 950 dólares mensuales, reunir para contratar un
abogado para sus hijos mayores, y enviar dinero a los tres hijos que aún
le quedan en El Salvador.
Mario Savedra ya tenía un hermano acá
cuando vino a Estados Unidos. Por esa razón eligió como destino la
ciudad de Bakersfield, en California. El día que salió de Sonaguera,
Honduras, le dio un beso a su madre, otro a su hija Fernanda, de
enconces dos años de edad, y emprendió el camino. De eso ya pasaron 12
años.
En Sonaguera Mario se dedicaba a la
venta de abarrotes. Tenía un carrito y con él recorría el municipio de
Colón, vendiendo por las calles. Era su único ingreso, pero el oficio de
vendedor se volvió peligroso. A sus compañeros los empezaron a asaltar,
y un día le tocó a él. Dice que le fue bien porque sólo le quitaron
dinero y mercancía. A otros, cuando se resistían, los mataban.
—Uno viene por una mejor vida, porque no
quiere involucrarse en eso, quiere salir. Uno quiere una mejor vida
para sus hijos pero allá nada más no se puede —me dice.
Visto desde el país de origen, el
momento en el que el familiar migrante llega a Estados Unidos representa
el éxito; ya está “del otro lado” y puede empezar a mandar dólares.
Pero la realidad no es exactamente así: la barrera del idioma, la falta
de documentos, la falta de capacitación, el ambiente antiinmigrante y la
inserción a un sistema completamente desconocido, se convierten en una
cuesta hacia arriba que todos los días hay que subir y que cuando te
tira, te noquea.
Mario tiene 36 años. Se ve joven y
fuerte, pero la piel del rostro está ligeramente ajada por el sol. De
cabello y ojos obscuros, gesto amable y voz suave, pero habla rápido y
con firmeza.
—Mi primer golpe fue descubrir lo
difícil que es encontrar un empleo sin papeles —recuerda—. Lo segundo,
el idioma. Buscaba trabajo y los patrones me pedían documentos, me
preguntaban si sabía hablar inglés, y así no se podía. Empecé agarrando
cositas, trabajando día sí, día no. Hasta que mi hermano me metió a
trabajar al field (campo), a la pisca de la uva.
En el ascenso al éxito del inmigrante indocumentado, el trabajo en los campos, el field,
suele ser el primer escalón; es el “jale” en el que no te piden papeles
y en el que el oficio se aprende a punta de sudor. El otro escalón
primario, es el de los jornaleros.
Para quienes eligen como destino las
ciudades, la chamba de jornalero suele traer el primer ingreso. Algunos
conocen un oficio, como carpintería o electricidad, pero otros aprenden
en el camino. Afuera de los enormes almacenes de materiales para
construcción es frecuente encontrar a grupos de migrantes, a la espera
de contrato.
El contratista que está iniciando una
obra sencilla y quiere ahorrarse unos dólares en el salario de los
trabajadores o el ama de casa que necesita que alguien le instale unas
repisas, saben que al acudir a estos sitios encontrarán hombres
dispuestos a trabajar por mucho menos de lo que les cobraría alguien con
los documentos en orden.
Un ejemplo: un electricista cobra entre
25 y 35 dólares por trabajo de una hora, pero un jornalero aceptará
hacer un trabajo similar por 10, a veces por 8 dólares la hora, sin
garantía de que reciban su dinero: quienes les contratan aprovechan su
situación migratoria irregular y con frecuencia rechazan pagar el
trabajo realizado.
Para las mujeres que llegan en la misma
situación, el peldaño de inicio, cuando no es el campo, es en el trabajo
doméstico, ya sea limpiando casas o como niñeras. Los salarios y abusos
son similares. El objetivo es resistir hasta que aprenden un poco el
idioma y aparece algo mejor.
Mario pasó del trabajo en el field a
la construcción donde su situación económica mejoró. Pero, aunque tiene
mejor ingreso los problemas por la falta de documentos siguen allí.
Mario lo comprendió cuando compró el auto que era su orgullo.
—El sistema del país te obliga a manejar
para ir a trabajar, pero si manejas sin licencia, te quitan el carro
—dice con un dejo de amargura—. Hace siete años venía saliendo del freeway (autopista)
y me tocó un retén. Tenía un Mustang del 2001, llevaba un año y medio
pagado y por manejar sin licencia me lo quitaron. No lo pude recuperar
porque para sacarlo tienes que pagar la multa de mil 500 dólares y
mostrar tu licencia. Yo no tenía ni dinero ni papeles.
Después de eso, Mario entendió porqué
muchos inmigrantes indocumentados, aunque puedan adquirir un buen auto,
optan por comprar uno “de medio pelo”: en cualquier momento lo pueden
perder.
Otra de las angustias de Mario es que a
pesar del tiempo que lleva trabajando y pagando impuestos en este país,
debido a su estatus migratorio no tiene derecho a un seguro médico.
El costo de los servicios hospitalarios en Estados Unidos puede llevar a la quiebra a una familia.
Mario ya tuvo una probadita de eso. Hace seis años acudió de
emergencia a un hospital donde un médico sólo le recetó un analgésico
para aliviar la fiebre. Días después le llegó la factura: mil 650
dólares.
—Y a pesar de todo esto, ¿vale la pena vivir en Estados Unidos? —le pregunto a Mario.
—Para mí hay una sola razón, pero es la
más importante: aquí no hay delincuencia, aquí puede andar uno
libremente —me llama la atención la palabra elegida por Mario—. Allá si
uno sale en la noche se arriesga a que lo maten. Allá saben quién es uno
y no lo dejan, no se puede hacer nada, los hijos están en peligro. Mi
hija se vino por eso.
Terminamos la conversación porque Mario
debe iniciar los trámites para recoger a Fernanda, la hija que dejó de
dos años de edad en Honduras y que hoy tiene 14. Fernanda cruzó la
frontera hace un mes y la detuvieron de este lado; Mario irá por ella y
se enterará de que a Fernanda le será iniciado un proceso de
deportación. Pero está aquí. Tras 12 años de lejanía….
Mario la verá dentro de unas horas y, por ahora, no importa nada más.
Artículo publicado por Eileen Traux, en MIGRACIÓN, MÁS ALLÁ DE LAS VÍAS, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Fundations.
Son abuelas, madres y familiares de los migrantes que hace 14 años, unidas por el dolor y la angustia, conformaron en esta ciudad del norte de Honduras un comité destinado a la búsqueda de sus parientes desaparecidos en la ruta migratoria hacia Estados Unidos.
Ahora el Comité de Familiares Migrantes de El Progreso (Cofamipro) es una de las organizaciones defensoras de los derechos humanos de este sector más reconocidas en Honduras.
Desde su surgimiento en 1999, conducen las tardes de los domingos el programa “Abriendo Fronteras”, que transmite Radio Progreso, una emisora de la católica la Compañía de Jesús en Honduras.
Inicialmente el espacio se llamaba “Sin Fronteras”, pero a medida que fue creciendo la actividad del comité “decidimos ponerle Abriendo Fronteras, porque sí las hemos abierto, ahora nos escuchan más que antes, no solo los migrantes, también los gobiernos”, dijo a IPS una sonriente Rosa Nelly Santos, integrante de Cofamipro.
Durante la hora del programa, ellas hacen una labor social desde donde orientan a los migrantes sobre cómo están las rutas, les ponen música de su gusto para darles ánimo y hacen labores de servicio social al facilitarles que envíen mensajes a sus parientes en Honduras.
Su fundadora, Emeteria Martínez, falleció hace un año, meses después de lograr localizar a una de sus hijas, que llevaba desaparecida 21 años.
Hallar a sus familiares fue el motor que las convocó, recordó Santos. “Nacimos de la nada, descubriendo que el dolor de una era el mismo de la otra, nos reuníamos en la casa de una compañera y así nos fuimos armando de valor para salir a la calle a buscar a nuestros parientes”, contó.
Comenzaron 20 y ahora superan las 40.
Son mujeres sencillas y llenas de esperanzas, pese al dolor de no saber nada de su familiar o de enfrentarse a tragedias tan impactantes como la matanza de Tamaulipas, en México, hace cuatro años, donde el cartel de Los Zetas, una organización criminal mexicana, asesinó a quemarropa a 72 migrantes en una finca en la localidad de San Fernando. De ellos, 21 eran hondureños.
La matanza de Tamaulipas mostró a Honduras la otra cara de la migración, la del sufrimiento, que va más allá de las remesas que llegan de los que logran alcanzar la meta estadounidense.
“Eso fue como una derrota para nosotras, una espera que su hijo le vaya bien en la ruta migratoria, que cruce la frontera, pero no que te lo devuelvan en un cajón masacrado. Eso es muy fuerte”, recalcó Santos, quien como a otras compañeras de Cofamipro le tocó dar asistencia y consuelo a los familiares de las víctimas.
El Comité lo constituyen mujeres voluntarias, que perdieron el miedo a lo desconocido y desde hace más de una década se sumaron a las caravanas del migrante que organiza la red del Movimiento de Migrantes Mesoamericano y que cada año, en septiembre, recorre la ruta del migrante en busca de sus parientes desaparecidos.
Esa ruta comienza en Guatemala y concluye en el norte de México.
“La primera vez que fui a las caravanas, hace tres años, entendí el trabajo de mi madre, aprendí de su dolor y tomé la decisión de integrarme de lleno al Comité”, relató a IPS otra hija de la fallecida fundadora, Marcia Martínez, de 44 años.
“Yo no tenía ni idea del número de madres y parientes que se suman en esta caravana, ni de la travesía que hacía mi madre. Recorren todos los caminos que atraviesa el migrante, preguntan con pancartas por ellos, buscan respuestas que a veces nunca llegan o llegan tarde. Cuando encontramos a uno de los nuestros, es algo indescriptible”, agregó.
“Cada vez que oía La Bestia (el tren mexicano de carga que usan los migrantes), me daba escalofríos porque allí descubrí lo peligroso de la ruta del migrante, para ellos los rieles del tren son su almohada, duermen en las vías y cuando están en el lomo (techo de los vagones) del tren, esperan que arranque, pero unos se duermen del cansancio y caen cuando lo hace”, describió.
El Cofamipro tiene su sede en un centro comercial de la calurosa ciudad de El Progreso, en el norteño departamento de Yoro y a 242 kilómetros de Tegucigalpa. Antes estaban en la sede de los jesuitas, pero gracias a pequeñas donaciones lograron alquilar un pequeño local donde llegan los que necesitan apoyo para ubicar familiares.
Desde su creación, logró documentar más de 600 casos de personas desaparecidas. De ellas, se encontraron a más de 150. A los demás, siguen buscándolas, aunque creen que muchas de ellas murieron en el camino o cayeron en redes de trata de personas.
Inicialmente, el gobierno no reconocía al Comité, pero su trabajo en las caravanas mesoamericanas les ayudó a ser escuchadas y a poder presentar casos de migrantes desaparecidos ante la Cancillería. En junio, finalmente obtuvieron personería jurídica.
Su lucha no fue fácil, funcionarios hondureños les llamaban “viejas locas”, cuando hace años, ellas, solas, marcharon hasta Tegucigalpa para demandar atención para sus desaparecidos.
La respuesta fue una canción que coreaban ante la sede de la cancillería y que Santos entonó orgullosa: “Los de la cancillería, nos dicen las mentirosas, somos mujeres decentes y le probamos con hechos, lo que aquí exigimos, lo hacemos con todo el derecho (…).”
Su labor firme y silenciosa está salpicada de logros. Cuando IPS entrevistó a un grupo de ellas, acababan de salvar la vida con sus contactos mexicanos a un hondureño, familiar de un funcionario local de El Progreso.
Una banda criminal lo secuestró y obtuvo más de 3.000 dólares a sus parientes, antes de que acudieran al Comité, donde gestionaron su liberación en un operativo de la Procuraduría mexicana.
El grupo advirtió sobre la actual crisis migratoria hace cinco años, pero nadie escuchó. Aseguran que los migrantes seguirán huyendo del desempleo y la violencia criminal.
En El Progreso, una de las cinco principales ciudades hondureñas, se conocen casos de madres que huyeron cuando las pandillas les notificaron que sus hijos serían forzosamente reclutados cuando tuviesen edad para ingresar a la organización criminal y, mientras, les darían dinero para su crianza y estudios.
Se estima que más de un millón de hondureños emigraron a Estados Unidos desde los la década de los 70, pero el éxodo se disparó desde 1998. Desde abril, Washington intensificó la deportación de familias con menores de edad y de personas adultas.
Las autoridades hondureñas indican que en los siete primeros meses del año retornaron deportadas 56.000 personas. Del total, 29.000 llegaron de Estados Unidos por vía aérea y 27.000 lo hicieron por vía terrestre desde México.
Honduras tiene una población de 8,4 millones de habitantes y un índice de homicidios de 79 por cada 100.000, según cifras oficiales.
En 2013, los emigrantes aportaron a la economía hondureña 3.225 millones de dólares en remesas, según datos del Banco Central, cerca de 15 por ciento del producto interno bruto.
Para el Cofamipro, la crisis migratoria debe servir a los gobiernos para revisar sus políticas públicas, dejar de estigmatizarlos y criminalizarlos porque “no son delincuentes, son trabajadores internacionales”, definió Santos con firmeza.
Ella, tiene, al menos, el consuelo de haber hallado hace cuatro años al sobrino que buscaba.
En Argentina se
establece el 4 de septiembre como “Día del Inmigrante” en recuerdo de
la disposición dictada por el Triunvirato en 1812, que ofreciera “su
inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus
familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”.
"Los brazos viajaron, el corazón quedó, pero una estrella nos llama del sur. Y un barco de esperanzas cruza el mar. América, la tierra del sueño azul. Es un vaso de vino, es un trozo de pan." (Roberto Cossa)
Amnistía Internacional lanza una campaña y una web enfocada principalmente en visibilizar las violaciones a los derechos sexuales y reproductivos de niñas, niños y mujeres en tránsito por México.
Se sabe que el paso por territorio mexicano desde Centroamérica hacia los países del Norte, e un verdadero infierno que hacen pagar a quienes huyen de la miseria en sus países. Muy alto precio.
Este proyecto
nace de la emergencia que se vive en las zonas fronterizas de México.
Queremos Contribuir a la presión pública para garantizar a las niñas, niños y mujeres migrantes el acceso a sus derechos sexuales y reproductivos durante su paso o estadía en México..
Cada año, miles de mujeres, hombres, niñas y niños
atraviesan México sin documentos como migrantes irregulares, nueve de
cada diez proceden de El Salvador, Guatemala, Honduras o Nicaragua.
Su viaje es uno de los más peligrosos del mundo.
Todas las personas migrantes corren peligro de sufrir graves
violaciones de derechos humanos, pero son las mujeres, los niños y las niñas más
vulnerables a ser objeto de trata y de agresiones sexuales a manos de
delincuentes, otras personas migrantes y funcionarios corruptos.
Aunque de pocos casos queda constancia oficial, y
prácticamente ninguno llega a ser enjuiciado, algunas organizaciones de
derechos humanos y expertos en el tema estiman que hasta seis de cada diez mujeres migrantes sufren violencia sexual durante el viaje.
La violencia sexual, o la amenaza de, a menudo se
utilizan como medio para aterrorizar a las mujeres y sus familias.
Muchas bandas delictivas parecen utilizar la violencia sexual como
parte del “precio” que exigen a las personas migrantes. Según algunos
expertos, el peligro de violación es de tal magnitud que los
traficantes de personas muchas veces obligan a las mujeres a
administrarse una inyección anticonceptiva antes del viaje, como
precaución contra el embarazo derivado de la violación.
De la mano con esto, muchas mujeres migrantes se ven
disuadidas de denunciar la violencia sexual por la presión para
continuar su viaje y por la falta de acceso a un procedimiento efectivo
de denuncia. Pese a las numerosas violaciones a los derechos sexuales y
reproductivos de las niñas, niños y mujeres migrantes, hay un
limitado, y casi nulo en algunos casos, acceso a asistencia médica o
psicológica adecuada o a otros servicios de apoyo para ayudar a las
mujeres y niñas traumatizadas por su experiencia y, potencialmente,
permitirles presentar una denuncia judicial.
Los Estados Unidos:
Chicago, New York, Los Ángeles, todo California; cualquier parte de
México, ciudad o terreno agrario: Distrito Federal, Monterrey, Oaxaca,
Guerrero, Chiapas, Baja California; más allá del mar finito o en
Nuestra América, ningún lugar es igual a otro, cada uno es diferente de
sí, y adonde sea que el indio va, es el intruso; pisa el lugar que no
es aquí ni allá, una zona que no refleja lo que es, un espacio-tiempo
perdido que lo llena con insolencia. Destino de la inmigración:
transición inevitable.
La cuestión es: ¿a todos los indios les va igual? Los temas
son recurrentes: políticas públicas que impiden el desarrollo
individual y colectivo, una economía moderna que obliga a salir de las
comunidades de origen y contribuye a la informalidad de los miembros de
los pueblos originarios en las ciudades, la pérdida de valores
tradicionales que fomenta la desaparición de la cultura o ausenta la
identidad original. La transición es un asunto peliagudo.
No hay una condición homogénea, aunque puede decirse que
existe una generalidad. Recaen sobre los indígenas: la discriminación
racial; el clasismo por su pobreza material y por el analfabetismo
cultural; la falta de oportunidades laborales y educativas; la
obligación a mudar las ropas, hablar una segunda lengua en su país, a
cambiar de costumbres. En su nombre se diseñan mecanismos jurídicos,
discursos de defensa, artículos bien y mal intencionados,
investigaciones concienzudas… y quienes miran en medio del remolino de
ideas múltiples sobre los indios, piensan, son homogéneos.
Las sociedades indígenas son tan complejas como los grupos
sociales que conforman una nación; divididos por zonas étnicas, se
subdividen por regiones, luego por cabeceras municipales y rancherías.
Cada pequeño núcleo tiene su propia forma de vida que dista de la más
cercana, pero las diferencias no son tantas cuando las entiende quien
vive en ellas. Cada sociedad indígena tiene sus propias reglas de
justicia y repartición de tierras, en cada una prevalecen los
comerciantes que tienen voz gracias a su dinero, familias de
principales que se ven amenazados, campesinos pobres descontentos,
profesionistas que encuentran oportunidades negadas a sus padres. No es
una ciudad, es una comunidad. Entonces, no existe una consecuencia
unificada en la emigración, como no hay una vida singular en las
comunidades.
Los hijos de familias bilingües, regularmente, tienen un mejor
estatus que los hijos de campesinos monolingües, los hijos de maestros o
profesionistas aprenderán mejor que aquellos cuya posición
social-económica jamás les haya permitido mirar el otro-mundo. Sí,
algunos ya reciben apoyos económicos gubernamentales, otros no. También
este último aspecto entra como guimbalete para alterar la maquinaria
social que, a veces, nos impedimos ver.
Tan diferentes y a la vez tan similares. Los indígenas
migrando abren nuevos espacios de interacción, crean y modifican
subjetividades, cuestionan modos de vida y se cuestionan a sí mismos en
el enfrentamiento con el mundo, hasta perderse. El indio está en medio
del desarraigo a lo “original” y en una marginación de lo “nuevo”,
pero el indígena se encuentra allende de las bifurcaciones, dicotomías y
dialécticas que han atrapado a su imagen; él es una transformación
continua —muy a pesar de los defensores del egipticismo de Ramos—,
provoca transiciones, mimetizándose con ellas.
¿Aún no lo sabemos? ¿Podremos asumir la transición sin
resentimientos y culpas? Transitar entre lo original y lo nuevo,
atrapados por un dios impuesto que se venera con fervor, en la defensa
de tradiciones que no son las mismas que las practicadas por los
antepasados, resistiendo los embates de los de siempre, mintiéndonos
con las viejas mentiras y mirando el presente con aliento de vida.
Adquirir, paulatinamente, lo que los otros ofrecen e imponen.
Un proceso que se puede notar con otros migrantes a lugares similares,
mexicanos —por igual— a Estados Unidos; la persistencia —algunos dirán
“necesidad”— de los indios por defender sus tradiciones a donde sea que
vayan, seguirá siendo lo gravoso del asunto de la integración. La
heterogeneidad de las condiciones individuales complica el análisis de
la inmigración.
Más allá de todo lo que implica el indígena migrando, se
encuentran los hombres y mujeres que se enfrentan a condiciones
internas y externas que imposibilitan la ruptura y aceptación de la
integración, sin embargo, son ellos quienes dan un paso por encima de la
desvaloración de las ideologías predominantes como de los propios
prejuicios indígenas La realidad existe lo mismo si no se nombra.
Ana Matías Rendón estudió filosofía. Autora de un ensayo bilingüe (mixe-español) en el libro colectivo Pensamiento y voz de mujeres indígenas (INALI, 2012) y de un breve ensayo sobre la construcción de la imagen del indio en Tierra Baldía, número 54. Dirige la revista electrónica Sinfín.
Esta es una infografía interactiva. Para acceder a su funcionalidad, puede ir aquí, que es parte del Laboratorio sobre Migraciones del sitio de la ECF, Fundación Cultural Europea.
A dream, in the truest sense, is a solo act. It can’t be created by committee or replicated en masse. Try as you might, you can’t compel your neighbor to conjure up the reverie that you envision. And therein lies the latent, uncertain energy in the concept of the “Chinese Dream.” As the new central motto of Chinese politics, introduced by President Xi Jinping in 2013, it is an expression of the Communist Party’s attempt to acknowledge the aspirations of its people. At the same time, wittingly or not, it is a provocative invitation to the public imagination.
In a country that has long defined its interests in collective terms, people are no longer waiting for their goals and sacrifices to be decreed from above. In Sharron Lovell’s insightful short film, she shows us the Chinese Dream not as a slogan but as the possession of the ordinary young men and women who will determine China’s future. A migrant worker from Henan who says of his austere life in the capital: “In Beijing, all I have is this bed.” A farmer’s daughter who is determined to find the “space to imagine freely.” And, an idealistic student who wants nothing more than to “truly improve the lives of ordinary Chinese people.” They live in the age of the selfie, of headphones, of the smartphone video. Each shows us that, in a city with a population larger than that of Australia, it is possible to be both alone and awakened by the urge to dream.
Reivindicar la necesidad de asumir la construcción de una sociedad en la
que se reconozcan y garanticen las condiciones de igualdad y vida digna
para las mujeres extranjeras debe ser uno de nuestros objetivos. La
mujer extranjera sufre una triple discriminación: Discriminación como
MUJER, como TRABAJADORA y como INMIGRANTE .De cara a estas
discriminaciones, deberían hacerse cargo la ciudadanía, los poderes
públicos de ámbito local y nacional y las administraciones que trabajan a
favor de la mujer.
Las condiciones del mercado laboral actual, los sectores económicos en
los que se registran los niveles más altos de ilegalidad son los mismos
en los que se ha concentrado la demanda de trabajo de extranjeros y, no
por casualidad, los que registran mayores niveles de precariedad. De
estos, las mujeres inmigradas y fronterizas, en el caso de nuestra
ciudad, han sido reclutadas mayoritariamente en ramas caracterizadas
por sus condiciones de inestabilidad y desamparo jurídico, como el
trabajo doméstico y de cuidado, la hostelería y la prostitución.
En general, las mujeres extranjeras trabajadoras, contribuyen más de lo
que perciben, y su colaboración en el mercado laboral y en el
crecimiento económico no conlleva una contrapartida adecuada en el
reconocimiento y ejercicio de sus derechos.
MUJERES EXTRANJERAS TRABAJADORAS EN LA LLAMADA INDUSTRIA DEL SEXO:
Las mujeres que ejercen la industria del sexo son en su mayoría mujeres
extranjeras y su ejercicio está sujeto a relaciones de explotación y
abren espacios de impunidad a los traficantes de personas y al trabajo
sexual forzado.
Dado que los derechos de las personas migradas y los derechos de quienes
ejercen la prostitución son derechos humanos, urge la elaboración de
una política de lucha contra el tráfico de seres humanos para su
explotación sexual, que en lugar de fundamentarse en la aplicación de
sanciones y la práctica de expulsiones respecto de las personas
traficadas, supongan el reconocimiento de sus derechos humanos,
sociales, judiciales y la prestación de ayudas específicas.
EXTRANJERAS VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DOMÉSTICA:
La Mujer extranjera es especialmente vulnerable en situaciones de
maltrato familiar. Las circunstancias de hacinamiento, acoso económico y
marginalidad, en que vive un alto porcentaje de estas mujeres, extreman
las condiciones de intolerancia y violencia doméstica. Muchas de
ellas tienen miedo a denunciar porque carecen de la documentación
necesaria de regularización de su situación administrativa. Esta
principal carencia se añade las dificultades materiales, lingüísticas y
administrativas que disuaden a la víctima de denunciar o solicitar
garantías. Esta situación se agrava aún más en los casos en que la mujer
extranjera, que esté conviviendo con un nacional y tenga hijos, ya que
su situación de vulnerabilidad y riesgo se acentúa al ser su pareja la
que controla los recursos económicos de los cuales ella depende
exclusivamente.
Ante esta situación, es urgente, adoptar nuevas normas y prácticas
públicas que observen de manera no uniforme los casos de maltrato y
protejan a la mujer extranjera víctima de este tipo de violencia de
acuerdo con sus especiales circunstancias de vulnerabilidad y riesgo.
La indiferencia y dejadez ante la desigualdad y la exclusión de las más
débiles nos condenará a todos a vivir en una sociedad injusta .
En la Jornada se pueden encontrar una serie de artículos relacionados con el tema concentrados en este enlace
La crisis de los niños migrantes
Aunque el tema de la crisis humanitaria de los niños
migrantes sin compañía comenzó a ganar espacio en los medios de
comunicación en los últimos meses, el problema no es nuevo. “Siempre ha
existido, pero la violencia de otros delitos ocultaba el fenómeno”, dice
Olga Sánchez Martínez, Premio Nacional en Derechos Humanos en 2004.
“Comencé en 1991 la ayuda a migrantes enfermos y desde entonces hemos
apoyado a niños amputados; menores de 12, 13 y 14 que sufrieron
accidentes, pero era una parte del fenómeno migratorio que no se
tocaba”, asegura. Sólo este año, dice el INM, se han rescatado a más de
10 mil menores sin compañía.
"Partir para contar" es el título del libro escrito por Mahmud Traoré y Bruno Le Dantec. El primero, un migrante natural de Senegal que tardó más de 3 años en llegar desde Dakar a Sevilla cruzando diferentes países africanos para alcanzar el sueño europeo. En un camino no exento de peligros, Mahmud, conoció la vida errante del clandestino. Ahora nos lo cuenta en un libro imprescindible para conocer de primera mano la realidad de la inmigración subsahariana. El libro, editado por la editorial Pepitas de Calabaza, se puede adquirir en Katakrak, donde realizamos la entrevista a Mahmud.
A la política migratoria en el mundo occidental no le afecta la crisis.
Desde los años 90 la preocupación por la seguridad ha ido en aumento,
provocando el blindaje sistemático de las fronteras materializado en
faraónicas obras e ingentes inversiones. Tras el 11 de septiembre esta
tendencia se radicalizó más allá de la lógica generando una industria
cuyos beneficios no han parado de crecer. La jurista francesa Claire
Rodier presenta en El negocio de la xenofobia una rigurosa
investigación y desvela quiénes son los beneficiarios y los damnificados
de la empresa titánica de poner -literalmente- puertas al campo y
controlar a los seres humanos que se atreven a burlar las fronteras.
Este libro revela así, en primicia, los nombres propios y las cifras
del negocio de los controles fronterizos y los centros de detención de
extranjeros, una industria que ha permanecido opaca hasta hoy.
En El negocio de la Xenofobia la autora recorre los principales focos de
interés del control migratorio a lo largo del planeta. Desde el Sistema
Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE) que se usa para controlar las
aguas de las islas Canarias, Baleares y el sur de España, a las murallas
que se alzan entre México y Estados Unidos o Israel y Palestina.
Con este trabajo Rodier critica la implicación política de la
ultraderecha en la ideologización de la xenofobia que recorre la Unión
Europea o Estados Unidos y pone al descubierto el lucrativo negocio del
control de la inmigración, que se hace patente en la renovación
constante de los sistemas de vigilancia de las fronteras, en la gestión
de los centros de detención de extranjeros y su posterior expulsión.
Sobre la autora
Claire Rodier es jurista del GISTI (Grupo de Información y Apoyo a los
Inmigrantes) y cofundadora de la red europea Migreurop. Se dedica
especialmente a las políticas europeas de inmigración y asilo. Ha
participado en numerosas publicaciones sobre estos temas, ha colaborado
en el Atlas des migrants en Europe y coordinado, con Emmanuel Terray, la
obra colectiva Inmigration. Fantasmes et realités.
El negocio de la xenofobia. ¿Para qué sirven los controles migratorios? Título original: Xenophobie Business. A quoi servent les contrôles migratories? Autor: Claire Rodier Traducción: Iván Barbeitos García Número de páginas: 152 ISBN: 978-84-940014-9-9 Precio: 14 euros
Nosotros nos subimos
al autobús en Ciudad del Carmen pardeando la tarde. En la laguna de
Términos se hundía el sol entre las nubes volviéndolas jirones de lana.
El camino sería largo y los vendedores trepaban sin mucho trámite a
ofrecer mango con chile, refrescos y jugos. Tardó en salir el camión
(después entenderíamos por qué) y para cuando recorrimos las primeras
cuadras por la ciudad, las sombras se apoderaban de las esquinas y el
horizonte se perdía en las farolas que se fueron encendiendo. Aunque
nos extrañó que no tomara de inmediato la avenida por la que se sale
del puerto hacia el larguísimo puente que conecta con tierra firme, de
plano nos desconcertó que comenzara a penetrar un barrio de calles
angostas y diagonales cercanas al agua de la laguna, algunas de ellas
anegadas por el desnivel de la ciudad y la ausencia de drenajes.
En una rinconada, el autobús hizo un alto. La oscuridad era
total. El chofer abrió la puerta y raudas subieron dos mujeres muy
jóvenes. El chofer cerró la puerta justo tras ellas y reculó unos
metros para dar una vuelta en U casi de inmediato. El interior del
autobús, también a oscuras, las cubrió en un respiro y algo dijeron en
voz baja entre ellas y el chofer —que siguió buscando una salida hasta
la avenida para de ahí enfilarse al puente. Ellas atravesaron de
inmediato el pasillo hasta los últimos asientos y todo el camión se
volvió un silencio tibio que anunció la frescura del camino, el viento y
la velocidad que comenzaron a colarse junto al ruido del motor más
desfogado.
Eran bonitas. Sobre todo una de ellas, con el cabello
ensortijado y nada largo, como una melenita de león, dejó al pasar su
aura de muchachita delgada y presente siempre.
Me acuerdo que supimos de inmediato que huían. Y que el
conductor era su cómplice. No era un instrumento de su huida sino tal
vez una mano generosa, o un enamorado dispuesto a todo.
Nos dijimos que parecían centroamericanas, tal vez atrapadas en
alguna de esas estafas de ruindad ramplona donde alguien les exigía,
como parte de no denunciarlas y tal vez ayudarlas a subir por el país,
su cuota de prostitución y servidumbre envilecida para dejarlas ir. Por
qué pensamos eso es difícil decirlo así de primeras. Es tan difícil
explicar lo obvio.
No traían nada de equipaje. Ni siquiera un morral. Tan sólo una
bolsita de tela colgada al hombro, una de ellas. La otra era todavía
más evanescente.
Pero el calor a pesar del aire acondicionado nos cerró los
párpados y pronto el autobús corría por las carreteras de Tabasco y
casi en todos los asientos se soñaba. El autobús paró en Villahermosa
un rato que parecieron horas.
Como a las cinco
de la mañana cruzamos un puesto de revisión de la migra en la carretera
costera que recorre de sur a norte Veracruz. Ahí nos hicieron alto
unos oficiales. El conductor tenía que detenerse y lo hizo. Subieron
dos agentes y ni preguntaron. Fueron derechito hasta el fondo del
autobús por las dos muchachas. Ni las interrogaron. Solamente dijeron,
acompáñennos. Ni se resistan. No fueron las únicas personas a las que
bajaron, pero no interrogaron a nadie sino hasta bajar a las dos
muchachas y ponerlas en custodia en una caseta que estaba al fondo de
un terraplén donde se estacionaban varias patrullas y una ambulancia.
Una caseta de radiocomunicación con una enorme antena le daba el aire de
oficialidad al caserío improvisado que era la garita de control
migratorio. Bajaron a otros tres y a una pareja. Pero a ésos los
dejaron sentados en unas bancas cerca del autobús, esperando su turno.
Y claro, al conductor también lo habían detenido. Su uniforme asomaba por una de las ventanas de la caseta del fondo.
La gente comenzó a bajar para estirar las piernas. Los agentes
nos informaron que nos iban a cambiar de autobús pues éste se quedaba
detenido junto con el conductor. No daban ninguna otra explicación, y
ni la mirada concedían.
La pareja contó que una de las muchachas les había medio
contado su historia en la madrugada. Que angustiada confirmó que venían
de Honduras y que, después de cruzar, en Tapachula una mujer las había
apartado y les anunció que si no querían ser deportadas, encarceladas y
torturadas (de plano así les dijo), tenían que irse con ella (y dos
hombres) a Ciudad del Carmen, a trabajar unos días, y que si se
portaban bien les conseguirían papeles de mexicanas como para quedarse
en el país o para moverse a donde se les diera la gana.
Pero cuando llegaron a Ciudad del Carmen, la casa resultó ser
un burdel ni siquiera muy fino, donde recalaban los petroleros y los
camioneros de la vuelta del Golfo y sin más las pusieron a trabajar con
amenazas y maltratos. Que no las golpearon mucho, porque debían estar
presentables, pero sí les sabían pegar sin dejar marca, como le pasó a
una de ellas un día que de plano se negó a atender a un hombre que le
dio mucho miedo nomás de lo que le dijo que tenía que hacer. También
les daban baños de agua fría, y las amarraban o las encerraban o las
dejaban sin comer si algo de su “comportamiento” no les gustaba a las
matronas.
La muchacha del cabello ensortijado les dijo que el conductor
no era su novio pero que se había ofrecido a sacarlas de ahí, porque no
tenían madre los que las habían encerrado en esa casa.
Entre la gente
del camión se hicieron dos bandos. Uno que decía que el chofer las había
puesto, pa’ denunciarlas y cobrar una lana que los agentes de
migración le dan a quien les entrega a algún indocumentado. Que lo
habían bajado para hacer la faramalla nomás.
El otro bando, al que pertenecíamos, insistió en que el
conductor simplemente no midió las fuerzas tan tendidas contra las que
se enfrentó. Que no supo con quienes se metía.
Llegó otro autobús y a todo el pasaje nos trasvasaron. Dejamos
atrás el sitio donde los perros ensalivados se envilecían con el
recuento de su cacería.
Xiang Huazhen es solo una de los 3.200 billones de pasajeros que regresan a sus casas para pasar las festuvudades de Primavera, incluída la recepción del año nuevo lunar. Esta es considerada la migración temporal más grande del mundo. En China, en la ciudad de Zhuzhou, en la provincia de Hunan, un reportero gráfico pidió a vari@s viajer@s que mostraran lo que llevaban en la maleta.
Xiang Huazhen lleva cargando un total de 40kg. Xiang y su esposo trabajan en Zhuzhou y su hijo de 23 años trabaja en Guangzhou. Todos juntos regresan a su casa natal en Zhangjiajie, tambien en Hunan.
Tras afirmar que no había ningún objeto particular entre sus pertenencias, mostraron toodo lo que tenía su maleta: sus herramientas de trabajo, y algunos pocos enseres y ropa. Sus zapatos seríaan tal vez los objetos más caros entre todos los demás.
Alrededor del mundo, un gran número de mujeres migran para buscar
trabajo y una vida mejor. Para muchas de ellas, la migración implica
desarrollo, pero para muchas otras, conlleva muchos riesgos, tales como
la explotación en el trabajo doméstico y la vulnerabilidad hacia la
violencia. Las políticas y las prácticas migratorias reflejan un débil
reconocimiento de dichos riesgos y la poca voluntad de asegurar la
seguridad de las mujeres en este proceso.
La migración y las remesas tienen el gran potencial de contribuir al
desarrollo al mismo tiempo que presenta grandes desafíos. El manual de
capacitación “Género en marcha: Trabajando el nexo migración-desarrollo
desde una perspectiva de género” tiene como objetivo aumentar la
capacidad de análisis en género de las personas que trabajan en el tema
de la migración y del desarrollo, y proponer un modelo de desarrollo
centrado en las personas, los derechos humanos y el principio de la
igualdad de género.
El manual ofrece también una serie de herramientas que pretenden
ayudar a diseñar programas y políticas que refuercen los efectos
positivos de la migración en términos de desarrollo, tanto en los países
de origen como de destino. El manual, disponible en inglés y español,
está dividido en una guía para facilitadores y cuatro guías, las cuales
tienen una parte de auto aprendizaje y una parte de actividades para
diseñar talleres presenciales.
El manual busca estimular la reflexión y las acciones relativas a la
migración y al desarrollo desde una perspectiva de género y de derechos
humanos. En este sentido, varios temas están destacados, como la
migración para los cuidados, la importancia de incluir los cuidados
dentro de la agenda del desarrollo, y los derechos de las mujeres
migrantes. El manual está organizado de la manera siguiente:
Introducción al género, la migración y el desarrollo
El impacto de las remesas sobre el desarrollo local en los países de origen, desde una perspectiva de género
Las cadenas globales de cuidado
Las políticas migratorias y los derechos de las mujeres migrantes.
Ver en línea o bajarlo en estos enlaces: español - inglés
Shaila Rosagel, Ciudad de México, 10 de diciembre (SinEmbargo).–
Doña Lucila es menudita, chiquita y su rostro envejecido lleva luz por el rosado de su suéter de estambre. De su cuello cuelga la fotografía de Ana Julia Aguilar con un bebé en brazos. Hace 13 años que no la ve porque desapareció en la Ruta del Migrante en México. Ana salió de Nacaome, Valle de Honduras, para emigrar a Estados Unidos y ganar los recursos suficientes para mantener a un hijo y una hija. Pero en el camino se perdió. Ayer, la fotografía que colgaba del cuello de doña Lucila, ahora de 73 años, cobró vida, pues en el paso de la Caravana de Madres de Migrantes Centroamericanos Desaparecidos por el Distrito Federal, Ana y su mamá se encontraron. Doña Lucila prometió no quitarse la fotografía hasta encontrarla y caminar y recorrer kilómetros en su búsqueda, movida por la ilusión de volver abrazarla. Ana Julia llegó con su hija Alexa de nueve años. Entró a la Casa de los Amigos ubicada en la colonia Tabacalera y se lanzó a los brazos de su madre. Las tres generaciones se reencontraron y lloraron por unos minutos, los besos llegaron y la pequeña Alexa conoció a una abuela, que sólo vivía a través de los relatos de su madre.
ENCUENTRA A SU FAMILIA POR FACEBOOK
Ana Julia emigró de su país con la intención de llegar a Estados Unidos, pero se quedó en México y nunca cruzó la frontera anglosajona. A los días de su llegada al país perdió contacto con su familia en Honduras. Traía un teléfono anotado en una libreta, marcó aquel número varias veces y no pudo concretar la llamada. La libreta se perdió entre las vicisitudes que Ana libró a su llegada. Una indocumentada sola que logró llegar al Distrito Federal y sortear con suerte la Ruta del Migrante desde el sureste mexicano. “Me vine acá para buscar un empleo pero a veces, se queda una en el camino. Yo perdí contacto con mi familia y ya no pude buscarlos, por la misma situación mía, porque soy indocumentada”, cuenta. En México tuvo tres hijos: la pequeña Alexa de nueve años, un niño de seis y una jovencita de 17. Fue gracias a su hija mayor y sus búsquedas a través de la red social Facebook como Ana Julia encontró a su familia en Honduras. “Mi hija la mayor se puso a buscar y a buscar hasta que los encontró. No sé explicar lo que siento, estoy muy emocionada, esto cambia mi vida”, dice. Ana Julia se reencontró con su madre a través de la Caravana, pero será ella y su familia quien la lleve de regreso a Honduras esta Navidad, porque Julia aún tiene un pendiente: ver a sus dos hijos de 23 y 19 años que dejó en su país. “No los volví a ver, no los volví a ver, pero ya, pronto estaré con ellos”, dice sonriendo. Juan Manuel Morales, pareja de Ana Julia desde hace seis años, asegura que la vida de la mujer en México ha sido difícil. “Ha sufrido mucho. Ha padecido violencia y no podía ir a Honduras por su situación. Hasta la fecha ella no tiene papeles, es indocumentada, pero vamos arreglar eso”, dice.
CUARENTA MADRES BUSCAN A SUS HIJOS
Alrededor de 40 madres de migrantes desaparecidos llegaron ayer al Distrito Federal, donde permanecerán hasta el miércoles, como parte de uno de los destinos de la Caravana que iniciaron el 1 de diciembre. La caravana, para exigir justicia y pedir cuentas a las autoridades mexicanas, que salió desde Centroamérica y concluirá el 18 de diciembre en Tapachula, Chiapas. Las mamás son originarias de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala, los países de donde proviene el grueso de la población migrante que intenta cruzar México. La primera parada de la caravana fue en el Ceibo, Tenosique, Tabasco, uno de los puntos más cruentos para los centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos y conquistar “el sueño americano”. En Tenosique, el padre Fray Tomás González Castillo, director del albergue La 72, ha denunciado que los migrantes son víctimas de extorsión, secuestro, violación y asesinato por parte del crimen organizado. Los criminales les cobran una cuota de 100 dólares una vez en el tren y si los indocumentados no pueden pagar, son arrojados a las vías con la máquina en movimiento. Las mamás de aquellos que desaparecieron en alguna parte del trayecto por México, hicieron ya parada obligatoria en Palanque, Chiapas y después en Coatzacoalcos, Veracruz. Palenque y Coatzacoalcos son dos de las ciudades más violentas para los migrantes. En esos lugares se cometen todo tipo de crímenes contra ellos. Delitos que han documentado durante los últimos años los activistas que trabajan en la zona. En el Distrito Federal realizarán algunas visitas, una de ellas la realizarán hoy a las 10:00 horas en el Senado de la República y por la tarde acudirán al Claustro de Sor Juana. En la Caravana viajan mamás que buscan hasta dos hijos extraviados en ese camino que diariamente muchos recorren a bordo de La Bestia. Durante la Caravana se dieron ya cuatro encuentros entre hijos desaparecidos con sus mamás: dos en Guadalajara, uno en San Luis Potosí y el de ayer en la Ciudad de México. Todas ellas viajan con la esperanza de realizar su sueño y abrazar, como lo hizo doña Lucila, de nuevo a sus hijos e hijas desaparecidas en el camino mexicano.
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Las mujeres vienen y van. Se quedan y crecen. Las mujeres son sostén del mundo y la migración crea una mujer globalizada completamente nueva. Este blog nació como parte del proyecto artístico y de investigaciónde la artista y gestora Elizabeth Ross Nómada, las mujeres se mueven (Nomad, women on the move), que incluyó a artistas europeas (Cristina Fernández (BCN), Teresa Puig (Noruega) y Dorothea Fleiss(Alemania) y la incorporación posterior de un grupo de mujeres indígenas michoacanas (Lucía Esteban Ignacio, Florinda y Herminia Domingo Mariano, Josefina Nicolás Pablo y Guadalupe Rivera Basilio). En un inicio Nómada se conformó con una serie de videos que se exhibieron en Stuttgart, Barcelona, Noruega y Boston. El proyecto concluyó en el Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce, Morelia, Michoacán, con el addendum de instalaciones y objetos hechos exprofeso. Queda entonces este blog activo para reunir en lo posible, notas sobre arte y migración, desde el 2009. Ahora el proyecto a evolucionado a Transvase Territorial. E.R.