1.27.2014
lo que llevan las maletas
Xiang Huazhen es solo una de los 3.200 billones de pasajeros que regresan a sus casas para pasar las festuvudades de Primavera, incluída la recepción del año nuevo lunar. Esta es considerada la migración temporal más grande del mundo. En China, en la ciudad de Zhuzhou, en la provincia de Hunan, un reportero gráfico pidió a vari@s viajer@s que mostraran lo que llevaban en la maleta.
Xiang Huazhen lleva cargando un total de 40kg. Xiang y su esposo trabajan en Zhuzhou y su hijo de 23 años trabaja en Guangzhou. Todos juntos regresan a su casa natal en Zhangjiajie, tambien en Hunan.
Tras afirmar que no había ningún objeto particular entre sus pertenencias, mostraron toodo lo que tenía su maleta: sus herramientas de trabajo, y algunos pocos enseres y ropa. Sus zapatos seríaan tal vez los objetos más caros entre todos los demás.
pueden ver las demás fotos aquí
1.07.2014
12.19.2013
libro de ONU MUJERES: Género en marcha: Trabajando el nexo migración-desarrollo desde una perspectiva de género
autora: Allison. J Petrozziello
Alrededor del mundo, un gran número de mujeres migran para buscar trabajo y una vida mejor. Para muchas de ellas, la migración implica desarrollo, pero para muchas otras, conlleva muchos riesgos, tales como la explotación en el trabajo doméstico y la vulnerabilidad hacia la violencia. Las políticas y las prácticas migratorias reflejan un débil reconocimiento de dichos riesgos y la poca voluntad de asegurar la seguridad de las mujeres en este proceso.
La migración y las remesas tienen el gran potencial de contribuir al desarrollo al mismo tiempo que presenta grandes desafíos. El manual de capacitación “Género en marcha: Trabajando el nexo migración-desarrollo desde una perspectiva de género” tiene como objetivo aumentar la capacidad de análisis en género de las personas que trabajan en el tema de la migración y del desarrollo, y proponer un modelo de desarrollo centrado en las personas, los derechos humanos y el principio de la igualdad de género.
El manual ofrece también una serie de herramientas que pretenden ayudar a diseñar programas y políticas que refuercen los efectos positivos de la migración en términos de desarrollo, tanto en los países de origen como de destino. El manual, disponible en inglés y español, está dividido en una guía para facilitadores y cuatro guías, las cuales tienen una parte de auto aprendizaje y una parte de actividades para diseñar talleres presenciales.
El manual busca estimular la reflexión y las acciones relativas a la migración y al desarrollo desde una perspectiva de género y de derechos humanos. En este sentido, varios temas están destacados, como la migración para los cuidados, la importancia de incluir los cuidados dentro de la agenda del desarrollo, y los derechos de las mujeres migrantes. El manual está organizado de la manera siguiente:
- Introducción al género, la migración y el desarrollo
- El impacto de las remesas sobre el desarrollo local en los países de origen, desde una perspectiva de género
- Las cadenas globales de cuidado
- Las políticas migratorias y los derechos de las mujeres migrantes.
12.10.2013
Una madre reencuentra a su hija en el primer día de la Caravana de Migrantes desaparecidos en DF
Doña Lucila es menudita, chiquita y su rostro envejecido lleva luz por el rosado de su suéter de estambre. De su cuello cuelga la fotografía de Ana Julia Aguilar con un bebé en brazos. Hace 13 años que no la ve porque desapareció en la Ruta del Migrante en México. Ana salió de Nacaome, Valle de Honduras, para emigrar a Estados Unidos y ganar los recursos suficientes para mantener a un hijo y una hija. Pero en el camino se perdió. Ayer, la fotografía que colgaba del cuello de doña Lucila, ahora de 73 años, cobró vida, pues en el paso de la Caravana de Madres de Migrantes Centroamericanos Desaparecidos por el Distrito Federal, Ana y su mamá se encontraron. Doña Lucila prometió no quitarse la fotografía hasta encontrarla y caminar y recorrer kilómetros en su búsqueda, movida por la ilusión de volver abrazarla. Ana Julia llegó con su hija Alexa de nueve años. Entró a la Casa de los Amigos ubicada en la colonia Tabacalera y se lanzó a los brazos de su madre. Las tres generaciones se reencontraron y lloraron por unos minutos, los besos llegaron y la pequeña Alexa conoció a una abuela, que sólo vivía a través de los relatos de su madre.
ENCUENTRA A SU FAMILIA POR FACEBOOK
Ana Julia emigró de su país con la intención de llegar a Estados Unidos, pero se quedó en México y nunca cruzó la frontera anglosajona. A los días de su llegada al país perdió contacto con su familia en Honduras. Traía un teléfono anotado en una libreta, marcó aquel número varias veces y no pudo concretar la llamada. La libreta se perdió entre las vicisitudes que Ana libró a su llegada. Una indocumentada sola que logró llegar al Distrito Federal y sortear con suerte la Ruta del Migrante desde el sureste mexicano. “Me vine acá para buscar un empleo pero a veces, se queda una en el camino. Yo perdí contacto con mi familia y ya no pude buscarlos, por la misma situación mía, porque soy indocumentada”, cuenta. En México tuvo tres hijos: la pequeña Alexa de nueve años, un niño de seis y una jovencita de 17. Fue gracias a su hija mayor y sus búsquedas a través de la red social Facebook como Ana Julia encontró a su familia en Honduras. “Mi hija la mayor se puso a buscar y a buscar hasta que los encontró. No sé explicar lo que siento, estoy muy emocionada, esto cambia mi vida”, dice. Ana Julia se reencontró con su madre a través de la Caravana, pero será ella y su familia quien la lleve de regreso a Honduras esta Navidad, porque Julia aún tiene un pendiente: ver a sus dos hijos de 23 y 19 años que dejó en su país. “No los volví a ver, no los volví a ver, pero ya, pronto estaré con ellos”, dice sonriendo. Juan Manuel Morales, pareja de Ana Julia desde hace seis años, asegura que la vida de la mujer en México ha sido difícil. “Ha sufrido mucho. Ha padecido violencia y no podía ir a Honduras por su situación. Hasta la fecha ella no tiene papeles, es indocumentada, pero vamos arreglar eso”, dice.
CUARENTA MADRES BUSCAN A SUS HIJOS
Alrededor de 40 madres de migrantes desaparecidos llegaron ayer al Distrito Federal, donde permanecerán hasta el miércoles, como parte de uno de los destinos de la Caravana que iniciaron el 1 de diciembre. La caravana, para exigir justicia y pedir cuentas a las autoridades mexicanas, que salió desde Centroamérica y concluirá el 18 de diciembre en Tapachula, Chiapas. Las mamás son originarias de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala, los países de donde proviene el grueso de la población migrante que intenta cruzar México. La primera parada de la caravana fue en el Ceibo, Tenosique, Tabasco, uno de los puntos más cruentos para los centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos y conquistar “el sueño americano”. En Tenosique, el padre Fray Tomás González Castillo, director del albergue La 72, ha denunciado que los migrantes son víctimas de extorsión, secuestro, violación y asesinato por parte del crimen organizado. Los criminales les cobran una cuota de 100 dólares una vez en el tren y si los indocumentados no pueden pagar, son arrojados a las vías con la máquina en movimiento. Las mamás de aquellos que desaparecieron en alguna parte del trayecto por México, hicieron ya parada obligatoria en Palanque, Chiapas y después en Coatzacoalcos, Veracruz. Palenque y Coatzacoalcos son dos de las ciudades más violentas para los migrantes. En esos lugares se cometen todo tipo de crímenes contra ellos. Delitos que han documentado durante los últimos años los activistas que trabajan en la zona. En el Distrito Federal realizarán algunas visitas, una de ellas la realizarán hoy a las 10:00 horas en el Senado de la República y por la tarde acudirán al Claustro de Sor Juana. En la Caravana viajan mamás que buscan hasta dos hijos extraviados en ese camino que diariamente muchos recorren a bordo de La Bestia. Durante la Caravana se dieron ya cuatro encuentros entre hijos desaparecidos con sus mamás: dos en Guadalajara, uno en San Luis Potosí y el de ayer en la Ciudad de México. Todas ellas viajan con la esperanza de realizar su sueño y abrazar, como lo hizo doña Lucila, de nuevo a sus hijos e hijas desaparecidas en el camino mexicano.
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11.13.2013
Amarillo
Soy emigrante y siento puta vergüenza.
Soy español, tengo 37 años. Soy emigrante en Uruguay y lo tengo que decir: me avergüenzo de mi país y de su gobierno.
¡No te preocupes! ¡Solo te paramos si eres extranjero! ¡Esto es una democracia! Fuente
10.12.2013
JORNALEROS AGRÍCOLAS MIGRANTES: Viajeros sin Futuro
ABRAHAM GARCÍA GÁRATE
MÉXICO ES UN PAÍS que vive un proceso de migración dinámico al interior de su territorio, teniendo como protagonistas principales a los jornaleros agrícolas migrantes. Son los peregrinos del hambre, los desheredados.
El hambre que padecen estas familias ha permitido que los productores agrícolas labren fortunas. Esta fuerza de trabajo, esta mano de obra casi gratis es la que necesitan para explotarlos como esclavos modernos. Entre más indefensos estén, más posibilidades existen para cometer abusos, engaños y tratos crueles e inhumanos que le garantizan a los empresarios agrícolas la obtención de ganancias fáciles y de alto rendimiento.
En México, la Encuesta Nacional de Jornaleros (ENJO 2009), arroja que dos millones 40 mil 414 personas se dedican a actividades agrícolas, quienes sumadas a los miembros de sus familias ascienden a más de nueve millones de personas en hogares jornaleros. La estimación del universo total de jornaleros en México consideró un promedio de 4.5 integrantes por hogar jornalero, tomando en cuenta los más de dos millones de jornaleros a nivel nacional y como máximo la misma cantidad de familias, se logró estimar la población jornalera superior a nueve millones.
Es la primera vez que en el país se tiene un padrón que permite conocer de dónde son los jornaleros, cuáles son sus principales rutas de migración, cual es la cifra aproximada de población infantil jornalera, dónde trabajan y en qué tipo de cultivos participan. La Encuesta Nacional de Jornaleros 2009, logró levantarse en 689 municipios de 31 estados.
Se calculó que 21.3 por ciento de las familias son migrantes; es decir, hay 434 mil 961 familias de jornaleros agrícolas migrantes a nivel nacional. El mayor porcentaje se encuentra entre los 16 y 20 años, con un 7.8 por ciento para los hombres y 6.5 para las mujeres.
Del total de los jornaleros agrícolas migrantes, se informó que actualmente 81 por ciento son hombres y 19 por ciento mujeres; 57 por ciento del total de jornaleros se emplea en cultivos de café y chile, y que del total de la población de jornaleros 39 por ciento son menores de edad; es decir, 795 mil 761 niños o adolescentes; 90 por ciento de los jornaleros agrícolas carece de contrato formal; 48.3 por ciento tiene un ingreso de tres salarios mínimos y 37 por ciento gana dos salarios mínimos. El 54.8 por ciento de los trabajadores están expuestos a productos agroquímicos de forma cotidiana y el 40 por ciento de los jornaleros agrícolas provienen de población indígena.
La población jornalera agrícola infantil en el país asciende a un total de 711 mil 688 menores de edad, aproximadamente 39.1 por ciento de la población jornalera. Un 60 por ciento de estos niños, niñas y adolescentes se dedica al trabajo remunerado como trabajadores agrícolas. Siendo el chile el cultivo en el que más menores laboran, 55 mil 635 que corresponden al 12.8 por ciento del total de la población jornalera infantil. Le sigue el melón y el tomate rojo con el 11 y el 10.4 por ciento respectivamente, mientras que en los cultivos de piña (0.2%) y tabaco (0.3) se identificó una cifra menor de niños trabajando.
A las labores agrícolas la mayoría de las niñas y niños jornaleros empiezan su vida como trabajadores del campo después de los cinco años, encadenándose así, eternamente al trabajo duro del surco. Por otro lado, hombres y mujeres de menos de cincuenta años ya no son contratados, en su mayoría porque su mejor momento ha quedado atrás. Antes de los cincuenta son ancianos. Antes de los diez años a las niñas y niños jornaleros les han robado su infancia.
Las camionetas Ford-350 de redilas salieron del pueblo y se perdieron en el camino terregoso dejando una estela de polvo tras de sí, era lo que él alcanzaba a ver. Sus hijos, nueras, nietos y bisnietos viajaban en ellas. Su bisnieto más chico era El Chencho, del que con más alegría se había despedido. “¡Ah muchacho!”, pensaba al recordar también, que por esa edad empezó a trabajar en el campo a cambio de pocos pesos para ayudar a la familia; sus hermanos más grandes lo habían enseñado a trabajar.
En este viaje lo dejaron en el pueblo, ya no pudo ir aunque quería, a sus casi cincuenta años era un anciano. Sus hijos ya no lo quisieron llevar y ya nadie lo quería contratar.
Sus manos y la espalda no trabajaban como antes cosechando, en ese antes donde podía recorrer surcos llenando costales, javas, arpillas, cajas; de limón, tomate, chile, pepino, papaya, aguacate, melón. Pero ahora decían los mayordomos o los “cabos” que ya no le funcionaban, que no, que ya no eran útiles. Es cierto, la espalda le dolía pero no como para no poder trabajar. La tos que tenía -decían los promotores de salud- era crónica, como si él supiera que era eso- ya la traía desde hacía años, pero ahora sí les importaba. Esa tos la había agarrado en el mismo campo donde Mercedes, su mujer, enfermó para no volver a curarse. De allá se habían traído algo, a ella la Muerte se la había llevado pronto, a él, lo roía por dentro todo el tiempo. El más pequeño de sus hijos nació por aquellas épocas, pero no sobrevivió, no sabía bien por qué. Le habían dicho que por los “Agentes Químicos” en los surcos, pero él nunca había visto por los campos de cultivo a esos señores para enfrentarlos.
Toda su vida la había vivido en el campo, entre su comunidad y las zonas de trabajo. Aunque había nacido en su pueblo, al mes ya acompañaba en su periplo por los campos de cultivo del país a su madre y a su padre en los jornales del campo. Dormido lo dejaban en el surco mientras ellos recogían la cosecha. Su madre le contó que una vez casi se muere de insolación y deshidratación porque no se acordaban en qué surco lo habían dejado. Cuando le preguntaba a su padre, hombre de muy pocas palabras pero de mucha fuerza,
¿Por qué trabajaban en el campo? Él le respondía que era por “La Herencia”. Era bisnieto de bisabuelos jornaleros y nieto también de abuelos jornaleros. El padre de su padre había sido bracero allá por el 42, de los primeros que llegaron a Stockton en California. Cuando regresó, el dinero que les tenía que dar el gobierno norteamericano por conceptos del Seguro de Salud, fue depositado al Banco de Crédito Agrícola pero el gobierno mexicano nunca se los entregó; de hecho, desaparecieron los fondos. Como el ahorro nunca llegó a sus manos tuvieron que volver a trabajar el campo, el propio y el ajeno por un jornal. Y su padre cuando estaba chico, acompañaba al suyo en las largas jornadas agrícolas.
De los nueve hermanos que tuvo, solo él quedaba; no era el más grande pero tampoco el más chico, los que venían detrás se fueron al Norte y no sabía de ellos nada. De las hermanas que hubo en la familia, ya ninguna vivía, entre malparidas, enfermedades y maltratos del marido -como le había pasado a Carmen- también se habían adelantado en el camino. Pancho, al que le ganó la borrachera lo cuidaba bien cuando estaba chico y no permitía que le faltara nada, siempre compartía con él lo que tenía y más cuando hambre era lo único que había. Pero al Pancho le gusto el trago y una noche dormido se quedo afuera de su casa y no volvió a despertar…pero eso había pasado hacía mucho tiempo.
En sus ojos cansados se veía el reflejo de los campos del Valle del Fuerte en Sinaloa cuando llegó a los 15 años, y más fuerte era el recuerdo en ellos de San Quintín, en un lugar llamado Baja California, pero no eran recuerdos gratos, a los 16 decidió nunca regresar a ese lugar infernal. De allá se trajo a Mercedes, que era su paisana. Ella tenía trece cuando la conoció, catorce recién cumplidos cuando se juntaron.
Mientras prendía un cigarro y a través del humo, alcanzaba a ver la lejana polvareda de las camionetas de redilas que transportaban a su familia. El Isidro y el Luis, sus hijos grandes, habían llegado a decirle que se iban Pa´l otro lado, que aquí no la hacían, que los tíos, si se habían adelantado y no regresado, era porque les había ido bien. Sabía dentro de sí que no los volvería a ver y así fue, a su cuidado quedaron los nietos y las nueras.
Una de sus hijas, La Chabela, esa sí que había salido bonita, -tan bonita que estaba, que decían que se parecía a las hijas del patrón del rancho donde una vez había llegado con Mercedes a trabajar y al cual ella nunca quiso regresar-, a ella no le gustaba el campo ni trabajar en él y se fue para la ciudad. La Chabela les había mandado una invitación para su boda como con un año de retraso y después de un par de años, una carta, donde les contaba que vivía bien y que tenía dos hijos. Él pensó en sus nietos a los que no conocía –ni llegaría a conocer- que podrían vivir mejor que ellos, que podían estudiar y trabajar, y un día tener tierras para que los primos les ayuden a sembrar.
Ahora sus bisnietos, nietos, hijas, hijos y nueras, viajaban en las camionetas de los enganchadores, que aunque los conocían desde hace muchos años no por eso los trataban mejor. El Chencho ya tenía cinco años; este es su primer viaje de trabajo en los eternos surcos de los campos agrícolas, ya conseguirá sus propios centavos. Sonríe cuando lo recuerda, “es bien vivo, bien listo”. Cree que será de los que las maestras de las escuelas para niños migrantes le insistan mas en estudiar, en que deje el campo y aprenda a leer y a escribir y a sumar y a restar. A él nadie lo enseñó a leer, por eso nunca aprendió. El sumar y restar lo asimiló por los bultos llenos que valían dinero al final de la jornada. A saber de las denominaciones, “solo con ver -decía- solo con ver”.
Por allá alcanzó a distinguir a algún representante del gobierno federal que había venido a inspeccionar que todo estuviera bien para el viaje y que todos hubieran ya dado su contribución -al del gobierno- para poderse ir. Desde que estaba chiquito, habrá tenido unos cinco o seis años, los del gobierno –solía pensar- siempre hablaban todos igual. Le habían llegado toda la vida, desde que pequeño estaba, que campañas de vacunación que parecían enfermar más a la gente, que programas de salud que no curaban a nadie, y eso no le había ayudado al Ramiro, el tercer varón, cuando a los diez años se enfermó en Nayarit y no regresó mas al pueblo.
A él, lo que siempre le había dolido es que no le habían dejado trasladar el cuerpo de su hijo y allá estaba lejos, enterrado en tierra extraña y lejano de ellos; Que campañas de alfabetización, pero no conocía a muchos que supieran leer; y otras que se llamaban de “Filiación”, donde les pedían su nombre y la credencial, quesque servían para votar por un cambio y para que todo mejorara, pero nunca le dijeron donde y cuando había de hacerlo, y no sabía si el cambio había llegado.
“Los alacranes -le había advertido al Chencho- son cabrones, hay que tener cuidado con ellos”, y el Chencho viéndolo con esos ojos negros grandes y alegres le respondía muy serio, aceptando la responsabilidad “Si, Güelo”.
Ojalá alcanzaran lugar en el albergue para Jornaleros, es menos malo y era nuevo. Preferible llegar ahí que a las casas que rentan para ellos, siempre están cayéndose de sucias, viejas y de feas. Los dueños nunca tienen el cuidado de arreglarlas, “Como son pobres ni lo sienten”, “¡Ah como no vamos a sentirlo!”, ¿Cómo cuando nos metieron en las porquerizas, que según ellos habían limpiado y estaba llenas de gusanos y ratas?, ¿O como aquella vez, en la casa grande donde su compadre había embarazado a su propia hija en una noche de borrachera?, ¿O en la otra, donde el enganchador tenía como cinco esposas, todas criaturas, y quería más? Iban pa´llá tras él, venían pa´cá con él, él les gritaba ellas lloraban. “No, si la vida es dura y más pa los que no tenemos nada…” decía su Apá. ¿O cuando les dijeron que hasta cuarto para cada uno tendrían y los mandaron debajo de la Ceiba?, Así nomás, ¡Dijo el Patrón que aquí se quedan y aquí se quedan! Esa noche, todos durmieron bajo el frondoso árbol, esa noche y la siguiente, y las de los cuatro meses que estuvo en la cosecha del chile.
El humo del cigarro en el ojo izquierdo lo regreso de sus pensamientos y recuerdos, tosió un poco y escupió. ¿Cuántas horas se irán a viajar?, ¿Dieciséis?, ¿Dieciocho?, ¿Un día?, ¿Dos? a lo mejor; bueno, hasta una semana dependiendo a donde vayan, dependiendo como les vaya. Uno terminaba agotado, exhausto de esos viajes, y cuando llegaban a su destino lo que querían era bajarse, como fuera pero bajarse. Y después de ese desplazamiento sin descanso, el campo agrícola los esperaba antes del próximo amanecer para que se pusieran a trabajar, como la cosecha pasada, como la de antes…como las de siempre.
El cigarro soltó su último suspiro ahumado, él lo aspiró profundo, fuerte, agusto. Dejo salir el humo y lo disfrutó. Tiró la colilla al piso dejándola extinguirse poco a poco. Se acomodo con sus manos duras y dedos chuecos de lado el sobrero de palma. El sabor del tabaco oscuro no se iba de su boca cuando sus pasos arrastrados, lentos, fatigados, se alejaron poco a poco de donde se encontraba. Las camionetas desvencijadas se habían perdido en la distancia. En cuatro meses regresarían sus hijos, nueras, nietos y bisnietos y “El Chencho”, pa´ contarle de su primer trabajo, de cómo ya se estaba convirtiendo en hombre… ¡Ah que muchacho!…
Los gobiernos han evadido su responsabilidad de velar por los derechos de los migrantes internos. Los jornaleros agrícolas migrantes son invisibles para las autoridades de los tres niveles de gobierno, no tienen derecho a exigir atención porque no hay sentido de pertenencia ni arraigo en los lugares donde trabajan, están siempre de paso y por lo mismo nadie se siente obligado a atenderlos.
No se puede ser cómplices de esta tragedia que padecen, no se puede a aceptar esta situación injusta, hay que oponerse a las prácticas racistas que adoptan las autoridades que victimizan a los más vulnerables. Se deben parar estos abusos, no se puede seguir permitiendo que se denigre la vida de los Jornaleros Agrícolas Migrantes. Se tiene que dar la batalla por sus derechos, para que las mujeres, jóvenes, niños y niñas puedan reconstruir un proyecto de vida y hacer posible sus sueños de vivir como hombres y mujeres libres en condiciones de igualdad y de derechos.
El trabajo infantil agrícola en México sigue siendo uno de los grandes desafíos para las instituciones responsables de lograr su erradicación.
Estas líneas son apenas un acercamiento a un problema estructural que nos habla de la profunda desigualdad que sigue imperando y, que la sociedad y las autoridades no están atendiendo
9.29.2013
Migrantes, víctimas del crimen organizado: SCJN
por Gustavo Castillo García para el Periódico La Jornada
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| Migrantes centroamericanos en Tenosique, Tabasco. Foto Prometeo Lucero |
La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) reconoce que los jueces y magistrados deben poner atención a los migrantes que solicitan intervención o protección de la justicia federal, ya que "son fácilmente víctimas de delitos y violaciones a derechos humanos por el crimen organizado".
El Protocolo de actuación para quienes imparten justicia en casos que afecten a personas migrantes y sujetas de protección internacional –que será presentado oficialmente este lunes– refiere que los grupos criminales se han "involucrado activamente en el secuestro, la trata de personas y el tráfico ilícito de migrantes".
Por ello, indica, se "hace necesaria la promoción del acceso a la justicia" de los extranjeros, lo que se perfila como derecho en favor de los migrantes desde la ratificación por México de la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y sus Familiares en 1990, la adhesión a la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados en 2000 y los cambios a la Ley General de Población, así como por las recientes reformas aprobadas por el Congreso en materia de derechos humanos.
El Poder Judicial de la Federación reconoce que en materia de justicia y "dado que en la actualidad México recibe flujos migratorios mixtos", es necesario recurrir a otros tratados internacionales específicos para ocuparse de exigencias como la protección internacional de refugiados y beneficiarios de protección complementaria, la trata y el tráfico de personas, así como las necesidades de mujeres, indígenas, niños, niñas y adolescentes.
El documento –que será guía para que los jueces mexicanos impartan justicia– servirá para que se apliquen los tratados internacionales y leyes nacionales "conforme, armónica y sistémica en los casos en donde intervengan personas que, además de ser migrantes o sujetas de protección internacional", y a pesar de que reconoce que "aunque, eventualmente, puede admitirse que las personas migrantes sean tratadas de forma diferenciada, esta diferenciación deberá ser razonable, objetiva, proporcional, y respetar sus derechos humanos, sujetas al principio de no discriminación, respetando los derechos sociales, laborales y el acceso al debido proceso."
9.23.2013
La muestra ‘Los barcos de la emigración y sus protagonistas’ se exhibirá en octubre en Bahía Blanca, Argentina
La exposición está presentada por la Federación Regional de Sociedades Españolas, con la colaboración del Instituto Argentino de Cultura Hispánica, ambas con sede en esta ciudad de Bahía Blanca.
Se podrán observar, en 27 vinilos, 81 fotos de barcos que trasladaron a personas desde Europa hacia América. Los barcos se encuentran ordenados por empresas, y se puede leer una breve reseña de cada uno de ellos.
Debajo de las fotos se podrá encontrar, organizados por fechas, distintos viajes que realizó cada embarcación, detallando con nombres y apellidos algunos de los españoles que arribaron a la Argentina en los mismos.
Se puede encontrar información sobre más de 270 viajes y 1.000 españoles, en un listado que se amplía día a día.
Mario Álvarez, integrante de la comisión directiva de la Federación Regional de Sociedades Españolas, es quien realizó la investigación y producción para llegar a exhibir esta muestra.
Aquel que lo desee puede consultar, en una base de datos, la información sobre fecha de arribo a la Argentina, nombre del barco y demás datos de personas de distintas nacionalidades, no solo española. En este caso, el interesado deberá escribir la información que disponga, en una planilla, que se encontrará junto a la muestra, para luego, con el correr de los días, comunicarse con la Federación Regional de Sociedades Españolas y chequear la información encontrada, la cual, no siempre es la que uno busca e inclusive a veces la misma no se encuentra.
La mencionada muestra se encuentra a disposición de las entidades nucleadas en la Federación, que deseen pedirla para exponer en su ciudad.
Esta muestra será presentada, por primera vez, el sábado 28 de septiembre en Plottier, en el marco de los festejos por el cincuentenario del Centro Social, Cultural y Deportivo Español de esa ciudad.
9.18.2013
El camino más largo hacia Estados Unidos, pero el menos peligroso
Verónica Calderón para El País
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Entrada del comedor de FM4 Paso Libre en Guadalajara, a unos pasos de la vía del tren.
ÓSCAR FERNÁNDEZ
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Guadalajara, Jalisco, al oeste de México, es la cuna de los mariachis, los charros y el tequila. Es la sede de la feria del libro más grande en habla hispana. Pero no era una escala en el mapa de los 400.000 centroamericanos que cada año cruzan México para intentar llegar a EE UU. En los últimos cinco años el número de extranjeros que pasan por la segunda ciudad más grande del país se ha triplicado. Desde la matanza de 72 personas en San Fernando (Tamaulipas) en 2010, cada vez son más los que eligen la ruta del Pacífico: el camino más largo, pero el menos peligroso. Y que atraviesa este sitio. Se les ve por los cruceros cercanos a la vía del tren, sentados en la calle, dormidos en la acera. Se han convertido en un quebradero de cabeza para las autoridades locales y han agitado prejuicios en una sociedad en la que los inmigrantes eran invisibles hasta antes de ayer.
El propio gobernador del Estado de Jalisco, Aristóteles Sandoval (del Partido Revolucionario Institucional, PRI), dijo hace dos semanas que la población de Guadalajara debía denunciar a “esa gente que está en las esquinas” para “regresarlos a su país”. Sin citar estadística alguna, el político afirmó que había detectado que “quienes asaltan a casas” eran “sobre todo centroamericanos o sudamericanos”. Sus declaraciones levantaron tal polémica que tuvo que disculparse poco después.
Ocurre que, hasta hace muy poco, los inmigrantes que pasaban por Guadalajara eran “invisibles”, según explica Santiago, de 25 años, un voluntario de la organización FM4 Paso Libre, que gestiona un comedor a unos pasos de las vías. El grupo tomó su nombre del permiso de residencia para extranjeros en México: el FM2 o FM3. El FM4 no existe, pero los voluntarios explican que se trata de un estatus utópico que garantiza “paso libre” a cualquier extranjero.
El comedor abre todos los días a las cuatro y cierra a las siete. Uno de los voluntarios –el más experimentado– entrevista a las personas que quieren entrar. Hoy le toca a Santiago. Les piden una identificación. En caso de no traerla, “hay maneras para darnos cuenta si son realmente de donde dicen que son”, comenta Diego Ramos, de 24 años. “Les preguntamos de qué departamento son. O, por ejemplo, cuál es el mejor equipo de fútbol de Honduras”. El Olimpia de Tegucigalpa, por cierto.
El gobernador de Jalisco dijo que la sociedad debía denunciar a “esa gente” para “regresarlos a su país”
Al cruzar la puerta hay cuatro banderas, todas azul y blanco. La guatemalteca, la hondureña, la salvadoreña y la nicaragüense. Diego explica que también sirven para reconocer a los inmigrantes. Muchos indigentes –una palabra que los voluntarios se niegan a utilizar por juzgarla “discriminatoria”– se hacen pasar por ellos. Y en la ciudad, FM4 es la única organización que se dedica exclusivamente a atender a los viajeros que están de paso.
En uno de los muros de la sala de espera hay un cartel donde un tío Sam con bigote mexicano recuerda que la ley estadounidense permite no responder a ninguna pregunta en caso de ser detenido. En otro hay un mapa de México que detalla las principales rutas que los inmigrantes siguen para llegar a Estados Unidos. Son cuatro. Los principales destinos son dos ciudades fronterizas al este –Reynosa y Nuevo Laredo–, la sempiterna Ciudad Juárez y Tijuana, al otro extremo del país. Hay advertencias. “En temporada de lluvias las vías se dañan”. “Hay personas que han cruzado México en 15 días, pero otras han tardado hasta tres o cuatro meses”. "Trata de agruparte con otros compañeros de viaje". “Cuando el tren va sin carga es más rápido pero menos estable, aumenta el riesgo de que te caigas”.
El tren es La Bestia, la temida máquina que miles de centroamericanos abordan para intentar cruzar México, también apodada la Devoramigrantes. Quizá uno de los viajes más caros (puede llegar a costar hasta 1.100 dólares entre robos y sobornos) y más riesgosos del mundo. Hace dos semanas descarriló. Hubo 12 muertos.
En la sala de espera del comedor hay unos seis hombres que esperan su turno en silencio. Las entrevistas –que suelen ser breves– son en una pequeña oficina. Diego explica que todos los días atienden a unas 30 personas. Después pasan a un cuarto contiguo, donde hay una cabina telefónica. Los voluntarios les permiten hacer una llamada internacional de unos minutos a su casa, que paga una fundación francesa. “Esas llamadas son fundamentales. Muchos de los familiares pasan semanas o meses sin saber de ellos. Es la manera que tienen de decirles que están vivos”, comenta Diego.
La mayoría de las personas que pasan por el comedor son hondureños: un 45%.
La travesía por México inicia generalmente en Tapachula, en Chiapas, a menos de 10 kilómetros de Guatemala. De ahí es Diego. Cuenta que por eso se ha involucrado en la ayuda a los inmigrantes. “Yo soy de la frontera. Siempre viví en ese contexto”, explica. Muchos creen que La Bestia todavía parte de ahí, pero el paso del huracán Stan en 2005 dañó la estación y cambió el inicio del trayecto. Ahora sale de Arriaga, a 200 kilómetros. Un viaje de casi tres horas en coche. "Calcula cuánto es caminando”, comenta.
Cada uno de los hombres que esperan en la sala entra y deja sus cosas en “el ropero”. No les dejan entrar al comedor con ellas para evitar robos y malentendidos, explican los voluntarios. En la segunda planta de la pequeña casa hay baños, una ducha, un sitio para lavar ropa y una mesa. Dos voluntarios más sirven comida. Hoy hay espagueti y calabacines hervidos. Un fotógrafo les pide permiso para hacerles una foto. Se llama Óscar Fernández y hace unas semanas que trabaja en un proyecto para retratarlos y “dejar fe de que son personas”. Entra Jason Ernesto Boquín, un nicaragüense que sonríe cuando le recuerdan la música de su tierra. Posa contento para la cámara. No es el caso de todos. “Hay quienes salen muy serios o quienes incluso prefieren no hacerlo. Una mujer me pidió que no le hiciera fotos porque su exmarido, policía, podría reconocerla y enterarse de que estaba intentando llegar a Estados Unidos con su nueva pareja”.
Un estudio del Programa Institucional de Derechos Humanos y la Paz del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) señala que, todos los días, un promedio de 20 inmigrantes pasa por Guadalajara. El Gobierno local calcula que es cerca del triple que hace unos cinco años. “Hay mucha discriminación”, explica Santiago. “Nos quejamos de cómo tratan a nuestros compatriotas en Estados Unidos y aquí somos peores en el trato con los extranjeros”.
La mayoría de las personas que pasan por el comedor son hondureños: un 45%. Después siguen los mexicanos provenientes de los Estados del sureste del país, como Chiapas, Oaxaca o Guerrero. Les siguen los nicaragüenses, los salvadoreños y los guatemaltecos. Casi todos son hombres (el 90%, según cifras oficiales), pero también han pasado mujeres e incluso niños que intentan cruzar solos. Diego cuenta que “les gusta Guadalajara porque piensan que es una ciudad amable y muchas en el camino no lo son. Aunque yo creo que no es amabilidad, es indiferencia. Y eso que Jalisco es uno de los Estados de donde provienen muchísimos mexicanos que van hacia Estados Unidos”.
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Un voluntario muestra a dos inmigrantes un mapa con las principales rutas a través de México para llegar a Estados Unidos.
ÓSCAR FERNÁNDEZ
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“Hoy los ves y mañana ya no”, relata un voluntario
Pero que la ruta del Pacífico sea menos peligrosa que la del Golfo no significa que sea un camino de rosas. El 70% de los inmigrantes que la cruzan sufren algún tipo de abuso, según el estudio del ITESO. En Guadalajara se quedan muy pocos, relata Santiago. Son más los mexicanos sin techo que se intentan hacer pasar por inmigrantes, explica. Y eso ha generado tensiones entre extranjeros y locales. Justo hace unos días que un cuerpo mutilado fue hallado junto a las vías del tren. Iba sin identificación, pero las autoridades creen que se trataba de un centroamericano.
Minutos antes de las siete de la noche, los voluntarios dejan de recibir personas. En la ventanilla hay indicaciones para llegar al albergue para personas sin techo de la ciudad. “Hoy los ves y mañana ya no”, comenta Diego. Cuenta que un día atendió a un niño de menos de 10 años pero que se comportaba ya como un adulto. El chico escondía una navaja y se enfrascó en una pelea con otro de los inmigrantes. Las reglas del comedor obligan a expulsar a cualquier persona armada, más aún si se involucra en un pleito. El niño había quedado herido de una pierna y cojeaba. Diego afirma que es lo más duro que ha tenido que ver mientras ha trabajado ahí. “Si subirse a un tren que pasa a 20 kilómetros por hora es difícil para un adulto, imagínate para un niño lastimado”.
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9.15.2013
Detenidas
Al grito de "Sí se puede", el grupo de mujeres creó un círculo de camisetas rojas en la acera frontal al Capitolio, donde desplegaron una manta con la exigencia de una urgente reforma migratoria para 11 millones de inmigrantes indocumentados.
¿Qué queremos?, corearon las mujeres mientras era sujetadas con esposas plásticas por parte de la policía del Capitolio. "Queremos una reforma migratoria", respondía el grupo, que fue apoyado por otro centenar de manifestantes apostados en las aceras.
Las mujeres bloquearon la circulación vehicular de las calles Independencia y Nueva Jersey, lo que constituye una violación sujeta a arresto. Decenas de agentes y patrullas habían sido desplegadas en preparación de las detenciones.
Sin resistirse al arresto, las mujeres fueron escoltadas a camiones de la policía, donde se les recogieron las pertenencias antes de ser transportadas a un centro de detención del Distrito de Columbia.
María, un inmigrante mexicana que viajó desde California para participar en el acto de desobediencia, dijo a Notimex no tener miedo de ser deportada.
"He vivido 20 años en la sombra. No tengo temor", dijo ataviada con la leyenda "Mujeres por la Reforma migratoria Justa".
Antes de la detención, las mujeres llevaron a cabo una movilización con cánticos y consignas frente al Congreso donde pidieron al liderazgo republicano, acelerar el trámite de una reforma migratoria y evitar que sea desplazada por temas como Siria.
Activistas recordaron que tres cuartas partes de los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos son mujeres y niños.
Se trató del mayor el acto de desobediencia civil de su tipo para demandar una reforma migratoria y el primero en ser integrado exclusivamente por mujeres.
Medea Benjamín, del grupo CodePink que ha realizado movilizaciones contra Siria en el Congreso, dijo que los legisladores republicanos deben estar listos para movilizaciones adicionales por la reforma migratoria.
Clarissa Martínez, del Consejo Nacional de la Raza (NCLR), expresó su apoyo a la forma de lucha.
"Es una forma de participación democrática que obviamente sirve para llevarles el mensaje a los miembros del Congreso que parece están dormidos en sus laureles", dijo.
El legislador demócrata de California, Xavier Becerra, lo comparó con las movilizaciones del defensor de los derechos civiles para los afroamericanos, Martin Luther King, y del líder campesino así como activista, Cesar Chávez.
"Mientras que sea algo pacífico, están expresándose como los ha hecho otros americanos en el pasado para un asunto bien importante en la vida de nuestras familias", señaló Becerra.
8.29.2013
“Nací en Burkina Faso pero vine a Francia a los 4 después de un golpe de estado”
“Mis ancestros eran los Siharaba en la región del Lago Alaotra, donde están los arrozales de Madagascar”
“Vengo del Kurdistán, del pueblo de Silopi, en el corazón de la región fertil entre el Tigris y el Eufrates”
Una mano, un mapa, una historia. 30 personas desconocidas de diversas nacionalidades dejaron su tierra nativa: Algeria, Vietnam, Senegal, Rusia, Argentina, Salvador, Armenia, Iraq.
En cada una de las 30 fotografías de Céline Boyer, un fragmento cartográfico del pañis de origen se proyecta sobre la mano de cada parsona y las ciudades, mares, ríos y fronteras pueden ser vistos.
8.23.2013
voy y vengo
8.12.2013
6.22.2013
entre el río y la bestia
Todo el tiempo oímos y nos quejamos de lo mal que tratan en Estados
Unidos a nuestros paisanos mexicanos, y de lo ojetes que son los de la
migra. No es novedad para nadie, que los miles de mexicanos que tratan
de cruzar al otro lado cada año, la tienen difícil. Pero como bien
explica la canción de los Tigres del Norte, los centroamericanos son
tres veces mojados y la tienen aún más cabrón. En México se tienen que
cuidar de todos, de los del Instituto Nacional de Migración (INM), de
los Federales, de los taxistas, de los Zetas y hasta de rancheros locales que ven en ellos una presa fácil para robarles el poco dinero que traen.
6.13.2013
Migration in the UK: An Exercise in Scapegoating
a review of The British Dream: Successes and Failures of Postwar Immigration by David Goodhart
Atlantic, 381 pp, £20.00, April, ISBN 978 1 84354 805 8
by Jonathan Portes
(taken from London review of Books)
There are two major problems with contemporary British society, according to David Goodhart in The British Dream,
and both are primarily caused by immigration. The first problem is
economic: the plight of the white working class, especially the young,
and the decline of social mobility. Goodhart argues that low-skilled
immigrants have taken jobs from unskilled natives, leaving them
languishing on benefits, while high-skilled immigration reduces both the
incentives and opportunities for ambitious and talented natives to move
up the ladder. Many find this thesis convincing, and it has been
accepted as fact by much of the political elite. There is, however,
almost no evidence to support it. The second problem is social: the
decline of a shared sense of community, local and national, which
Goodhart relates to the failure of at least some immigrants to
integrate, either ‘physically’ (where they live, who their kids go to
school with, what language they speak and so on) or ‘mentally’ (in terms
of the degree to which they identify with Britain, or share a common
set of values). Some may think this argument has more force, but again,
his conclusions far outrun the facts.
To have millions of long-standing residents sitting at home on benefit while poorer foreigners come in and take the jobs that they should be doing makes no sense for the country as a whole; it creates a kind of Saudi Arabianisation of the labour market. The number of British citizens on out of work benefits has fallen from a peak of about six million in the early 1990s but even in the long boom it never fell below 4.5 million.It can certainly be argued that had better policies been pursued – in particular, if more had been done to get lone parents and those on incapacity benefits back into the labour force – the number of people on benefits might have fallen even further in the 2000s. But the idea that reducing immigration would have made a meaningful difference doesn’t fit the facts, in terms of timing or geography. In the period between 1979 and the early 1990s, which Goodhart describes as one of low and stable immigration, the numbers on out of work benefits tripled to six million, from two million in 1979. This wasn’t just an effect of the deindustrialisation of the early 1980s; much of the rise actually came in the early 1990s. And the persistence of benefit dependency in the 2000s among long-standing UK residents was at least as great in areas with few immigrants as in those with many.
Goodhart cannot escape from his instinctive view that the political economy of immigration is a zero-sum game, even as he accepts that both economic theory and the evidence say no such thing. ‘A disproportionate number of new jobs,’ he writes, ‘seem to have been going to recent immigrants.’ But this is an expression of the ‘lump of labour’ fallacy he elsewhere dismisses. The belief that if immigrants get ‘more’ of something (jobs, education, opportunities, political power), natives (or whites) must get less. This guides his discussion of the local economic impact of immigration in Merton, South-West London: ‘Poor whites [are] doing the worst of the lot.’ Such people have ‘mainly opted out: they seldom vote, and a lot of the younger people are “Neets” – not in employment, education or training.’ It isn’t entirely obvious from Goodhart’s description of Merton why immigration is responsible for this. Do the immigrants displace natives from jobs, schools and polling booths, or do they somehow drag them down? Either way, such facts as there are in this sentence appear to be wrong. Do fewer working-class whites vote in Merton than elsewhere? I’m not aware of the existence of any statistics on local voting by ethnicity or class, but both the Merton constituencies (Mitcham and Morden, and Wimbledon) had a higher than average turnout at the last election, and more than two-thirds of Merton voters are white. As for Neets, the Merton Council report cited by Goodhart found 87 white Neets aged 16-18. Is that a lot? Not really: there are about 2300 whites in the relevant age group. Whether the council’s data are directly comparable with official statistics isn’t certain, but if they are then the chances of a white teenager being Neet are considerably lower in Merton than they are nationally. (The official statistics suggest that Merton’s Neet rates are pretty low.)
Goodhart is of course right that young Brits, especially those not from middle-class backgrounds, are having a pretty hard time. But the question is why. Think about it this way. Suppose you’re poor, young and white: where in the UK don’t you want to be? That’s a subjective question. But from an economic point of view, one might want to consider such criteria as the proportion of young people who don’t get decent GCSEs and the number who are out of work. By those yardsticks, the answers are reasonably clear. Nationally, just under 60 per cent of kids whose first language is English get five good GCSEs including maths and English. There are eight local government districts where that figure dips below 50 per cent: Hartlepool, Middlesbrough, Knowsley, Blackpool, Barnsley, Hull, Nottingham and the Isle of Wight. Job prospects for young white school-leavers in these areas are, not surprisingly, poor: the proportion on the dole ranges from 12 to 18 per cent, compared to the national average of about 8 per cent. Yet of these areas, only Nottingham has a substantial non-white or immigrant population. In London, children whose first language is English are somewhat more likely (about 62 per cent) than the national average to get five good GCSEs, despite considerably higher poverty rates. Young whites in London don’t often end up on the dole: only about 5.5 per cent, close to the lowest rates in the country. Things are a little worse in Merton, where GCSE results are about average, and the proportion of young whites claiming benefits is about 6.5 per cent, but that’s still well under the national average.
So, to put it bluntly, if you’re going to be white, British and poor, all the statistical evidence suggests you’d be better off being born in Merton – or anywhere else in London, surrounded by immigrants – than in the mostly white areas where educational outcomes, in particular, are worse. We need to be careful here. Correlation doesn’t imply causation. There are lots of possible explanations for the figures I have given; in particular, the remarkable improvement in London’s schools, especially for more disadvantaged children, over the last decade. And there’s little doubt that the depression of local economies in some Northern cities is responsible for both the high unemployment and relatively low immigration in those places. Econometric analysis suggests that there’s little or no association between high immigration and employment or unemployment rates.
Goodhart is right that we should be worried about the future of ‘our’ young people from disadvantaged backgrounds. Youth unemployment was stubbornly high even before the recession, and labour market prospects for young people without skills and qualifications are likely to remain bleak if and when the economy recovers. But surely he should be focusing his attention on those areas where young people’s prospects are objectively worse, not places like Merton, where they appear to be improving. And surely the issues to focus on are the ones that matter in those areas: economic decline, poor schools, employers uninterested in developing the skills of young people in low-paid jobs – not immigration. To believe, as Goodhart does, that the ‘renegotiation of EU rules on free movement to allow for local worker preferences’ (in other words, to keep out Romanians or Bulgarians) would do anything to improve the life chances of young Brits isn’t just wrong, it’s a dangerous delusion.
The strain is even greater when Goodhart turns his attention to the supposed decline in social mobility. It has become the conventional wisdom on both right and left that social mobility is decreasing. As Goodhart recognises, the extent of the decline, let alone its causes, is controversial; while mobility as measured by income does appear to have declined, the story is less clear when it comes to social class. But he decides to blame immigration in any case: ‘One third of all graduate jobs in London are now taken by people born outside Britain,’ he writes, ‘which may be one factor behind the apparent slowdown in social mobility in recent years.’ How on earth are we supposed to understand this claim? I’ll make two remarks. First, the disputed evidence of the decline in social mobility in the UK relates to the period before 2000; the very sketchy subsequent evidence we have suggests there has been no further decline. As with Goodhart’s analysis of benefit dependency, the effect he is looking at – in this case the putative decline in social mobility – does not coincide with the years of high immigration. Second, Goodhart’s theory sits a little oddly, to say the least, with his general argument that recent migrants have been disproportionately low skilled, depressing wages and reducing job opportunities for low-skilled natives, while benefiting better-off natives. Indeed, he cites the best-known paper on wage impacts, which, as he says, ‘found that immigration overall had led to a small increase in average [native] wages’ and a somewhat larger increase in the wages at the top end, ‘but also a small reduction in the wages of the bottom 20 per cent’. These effects are fairly minor, but they are hardly consistent with the idea that British graduates are losing out.
So let’s ignore Goodhart’s talk of social mobility and reinterpret the sentence in a way that makes sense. Let’s assume he is simply saying that there are fewer graduate opportunities in London for natives because so many immigrant graduates come here. If that were the case, presumably the London graduate labour market would be oversupplied with graduates compared to the rest of the country, which is much less attractive to high-skilled immigrants; as a result, the graduate earnings premium would be lower in London, and native graduates would seek employment elsewhere. Yet every quantitative analysis tells us that graduates earn more in London compared with less skilled workers than they do in the regions. London has more graduates, both foreign and native, than anywhere else, but it is not oversupplied with them – on the contrary, the market suggests.
There are obvious reasons for this. ‘Clustering’ affects high-skill sectors disproportionately; some high-skill/high-pay industries are concentrated in London; and some graduates in London are part of an international labour market (made up of a number of globalised cities) rather than a domestic one. But by these lights, an increase in the immigrant graduate population will tend to drive up wages and labour market opportunities for natives. Elsewhere Goodhart appears dimly to recognise this, noting that high-skilled immigrant workers can be both substitutes for and complements to natives. He gives two examples: the City, where immigration probably leads to more and better-paid opportunities for natives; and the Premier League, where he argues the reverse. I’m not convinced by the second example. The number of skilled jobs – in media, marketing etc – generated by hosting the most successful club league in the world far outweighs the number of British footballers displaced from it. But in any case, the argument that the negative impact on native job prospects of allowing in immigrant footballers outweighs the positive effect of allowing in immigrant workers in the financial sector seems a hard one to make, and Goodhart doesn’t even try.
Even worse is Goodhart’s discussion of specific communities where there are very real economic and social problems. I know little about Bradford, so have no firm basis on which to judge his plausible-sounding claims about the Pakistani immigrant experience there: much higher segregation than in London, the dominance of clan politics, the impacts of chain marriage migration etc. A friend in Bradford – a professional, leftish woman of Pakistani origin, working in education – told me that what he has to say is ‘unscientific’, based on ‘cheap anecdotes and quite frankly baloney’. No reason you should take her word for it, so let’s provisionally accept Goodhart’s suggestion that there is a prima facie case that first-cousin marriage is responsible for a higher than average proportion of birth defects among Bradford Pakistanis. He cites some relevant research, but follows it up with assertions which are unsubstantiated, inaccurate and alarmist: ‘Bradford has just opened two more schools for children with Special Educational Needs,’ he writes. ‘On some measures nearly half of all children in the area qualify for special help.’ No source. However, the Department for Education publishes the statistics, and it turns out that in Bradford, the proportion of children who ‘qualify for special help’ is about 21 per cent. Well, 21 per cent is not ‘nearly half’. It is, in fact, only slightly higher than the national average of 20 per cent. And it is significantly lower than in some other, mostly white places. Nationally, the highest figure is 27 per cent, in north-east Lincolnshire. What’s going on? Maybe the locals marry their cousins there too. But I think I’ll restrict myself to saying that this is a complex phenomenon on which I’m no expert. It’s a pity Goodhart didn’t do the same.
Despite this, Goodhart’s take on the triumphs and travails of Britain’s immigrant communities is by far the best part of the book. He has a thoughtful description, for example, of the generally poor economic and social outcomes of Somalis in the UK, ascribing it in part to ‘a British society which has been decent enough to let them in but then too indifferent to help them join in’. At the same time he admits there are signs of progress; and for those of us who believe that the glass is half full, there is no reason to believe that the Somalis are any more doomed to failure than other groups. Indeed, while noting that the Polish experience has been ‘simpler and easier’, he does well to avoid contrasting ‘good’ and ‘bad’ immigrant communities. Almost despite himself, Goodhart ends up painting a relatively optimistic picture. ‘We have come a long way in a short time,’ he writes. ‘A country that less than a hundred years ago believed that it was its right to control the destiny of many “lesser breeds” has now invited them across its threshold and learned to treat them more or less as equals.’
After all this, Goodhart’s policy recommendations come as a damp squib. It’s difficult to disagree with much of what he says about integration, but then very little of it is very new. For example, increasing the allocation of funding for English language teaching for poor immigrants at the expense of translation services was settled government policy five years ago though under austerity the provision for such teaching has gone by the board. More interesting and potentially controversial is the suggestion that the government should actively promote integration in schools, if necessary by means of targets, quotas and other measures that might directly restrict individual choice. In this I agree with him wholeheartedly. It is surprising that this recommendation hasn’t attracted more attention – particularly since the evidence suggests that most of those whose choices would be constrained would be white.
What is completely missing from The British Dream, however, is any sense that Goodhart is prepared to engage with the positive case for immigration, or indeed for openness more generally. This shows in his discussion of immigration policy, on which he has surprisingly little to say. He ends up in more or less the same place as the government, and lacks, just as the coalition does, any good economic rationale for a set of policies that tend to exclude higher-skilled migrants and students. Writing in the Financial Times recently, Goodhart defended the government’s aim of reducing net migration to the ‘tens of thousands’: ‘So if more Britons retire to Spain,’ he argued, ‘more space will be created for Canadian nanotechnologists.’ Precisely. And, as I responded at the time, if fewer Britons retire to Spain, we’ll presumably have to give up on those Canadian nanotechnologists.
What do those of us on the other side of the argument – economic ‘liberals’ – believe about migration? We believe that, for all their problems and failures, markets are usually the best way to allocate resources, and that accordingly, a more rather than less open approach to migration and trade will deliver better outcomes. By this I’m not talking primarily about the short term – filling labour shortages and the like – but rather about the longer term. We do not gain from free trade in, say, cars with the EU because we or the French or the Germans have fixed comparative advantages in the market, so that we produce one type of car better and they another. We gain because trade increases competition between different producers, diversifies the supply chain across the EU, improves incentives for technological innovation, and has all sorts of other difficult to measure but important effects that increase productivity in the medium to long term.
The same is, in principle, likely to be true of immigration. Immigrants don’t just fill specific short-term gaps in the labour market. They bring different skills and aptitudes, and transmit them to non-immigrant colleagues (and vice versa); they can increase competition in some labour markets, giving natives an incentive to acquire certain skills. Immigrant entrepreneurs can increase competition in the markets for particular products. And workplace diversity can increase (or decrease) productivity and innovation. Immigration isn’t just about the movement of labour but the movement of individuals.
There is an emerging body of research evidence on these issues, which Goodhart ignores, but we will never know precisely the channels through which immigration has an impact on growth. Nor will we ever be able to put precise numbers on it, any more than we can identify the contribution of Britain’s history as a trading nation to our current prosperity. But we do know enough to set a clear direction for policy – and it is the opposite direction to that suggested by Goodhart and the government.
Goodhart, who holds the ‘liberal elite’ responsible not only for immigration policy in the last twenty years but also for British politics more widely, describes himself as a ‘post-liberal’. By this he appears to mean that he has a less market-oriented economic policy, and ‘greater respect for “flag, faith and family” social conservatism’. Attitudes to immigration are central to both: Goodhart’s social conservatism seems to mean a strong presumption that the impact of ‘outsiders’ on British society is negative, while his rejection of economic liberalism leads to the view that the impacts of immigration on the UK economy are often negative and, where positive, not worth the downsides.
The trouble is that in order to make his case, Goodhart needs to place the blame for economic and social problems on immigration or immigration policy, where it is unlikely to be the main or even a significant cause. The result is a frustrating book and one that ultimately falls into a trap it tries hard to avoid. Goodhart is careful not to demonise immigrants, individually or in groups. But that doesn’t stop The British Dream being an exercise in scapegoating. That is dangerous for British politics, for public debate, and for policy-making.


















